lunes, 30 de marzo de 2026


 GILGAMESH: POESÍA Y POÉTICAS presenta a VALERIA CERVERO

(Crédito de foto: Manuel Pose Varela)

(Publicado en la página de Facebook el 4 de marzo de 2026)

Valeria Cervero nació en 1972, en Buenos Aires. Es poeta, editora y correctora.

En la entrevista, Valeria, dice:

« A lxs poetas les sigue quedando el rol de siempre, supongo: sumar su “oreja verde” a este mundo.»
«La poesía también sucede más allá de cualquier “cuidado”. A veces el problema está en nuestra desconexión o dificultad para escuchar. »

SELECCIÓN DE SU OBRA

De Ctalamochita (Barnacle, 2020)
Ctalamochita
21.
La escritura viene y va. Nos moja y deja en el silencio que nos escribe. Un silencio más acá de los árboles y las gotas de lluvia. Un silencio que pone afuera cada sonido del mundo.
22.
El olor a tierra húmeda se adueña del jardín y trae otras tormentas. Otros veranos en que todo podía perderse bajo el agua, hasta que dejara de ser el tiempo que promete. ¿Quién nos librará de lo que moja y vuelve?
23.
El pino y la rosa china conquistan el día y opacan el gris. Las hormigas insisten con mis zapatillas. Son dueñas de cada pared de la casa: un espejismo de este ciclo que llamamos vida.
24.
La belleza no se separa del mundo. El sonido del agua es el sonido del primer día. Tal vez por eso no sabemos qué decir. Las palabras fluyeron hasta quedarnos sin nada.
25.
El sol les da a pleno en medio del agua. La silla y el libro quedaron abandonados en esta parte donde impera la sombra. Aun así nos toca el calor. La claridad supera a lo oscuro en casi todos lados.
26.
Cientos de caracoles en una bolsa esperan un tiempo que no regresa. Si escuchara otra vez lo que dicen, ya no mentirían el mar. Sólo un eco de mis ocho años.
27.
Temo la enfermedad. Temo las muertes que todavía me esperan. Las chicharras hacen interminable la tarde. Pero tu voz, hija, abre el instante y borra todo de pronto.
28.
El poema se escribe a orillas del río. Cada palabra es una piedra mojada que produce sus propias ondas, sus propios recovecos.
29.
El motor de la heladera vieja establece continuos. El aire fresco se filtra por las ventanas y promete un mejor clima adentro. Desde el patio pueden verse relámpagos que miden el tiempo de la próxima tormenta. Ya no soy ese único sonido.
30.
Asomadas a la ventana vemos la noche invadida de luciérnagas. Cada luz es un anuncio. Cada ausencia de luz, un secreto que se guarda para compartir en otro momento.
31.
El agua es más fría cuando se la presiente. Si dejás que llegue al cuerpo pronto, regala su tibieza y parece acunarte.
Las chicas en el agua son sirenas perdidas. Cantan y gritan sólo para ellas mismas. Para alterar el río. Para hacerlo más bello y más joven.
32.
Esto que estás leyendo nunca soy yo. Ecos, buena parte de nuestras vidas. Nuestros cuerpos también. De otros días y otras historias. Otras travesías.
33.
Los zorros nos visitan en la noche. Son pequeños y buscan restos de comida. Su único contacto con nosotros es en medio de la oscuridad. El miedo los hace huir. No los paraliza, les da el movimiento. Hacia lo que ya no vemos.
34.
No es la piedra de Watanabe, pero también recuerda otras resistencias. En medio del río, nos ofrece un descanso y lo aceptamos sin recelo. Piedras más pequeñas la rodean como si fuera una reina en el agua. Sus superficies son pura dureza que seduce.
35.
La piedra también cuenta. Guarda la historia de medio milenio atrás. La piedra es la historia. Morteros de familias o alero del chamán. El paisaje es la casa que perdura.
36.
Amboy. Amancay. Hay nombres que me persiguen. Sus sonidos son la presencia de una lengua estival. Como los cuerpos en el verano, se desnudan bajo el sol pero buscan aquello que los refresque.
37.
El viento desfigura la parte visible del cielo. Extrañamente, los árboles permanecen quietos. Desde lo alto, las cotorras imponen su sonoridad hasta que se alejan. Quedan los sonidos más sutiles del atardecer. El privilegio de estar viva también es escuchar. La naturaleza casi nunca calla.
38.
El cuerpo humano tiene su propia memoria. Hecha de dolores, deseos y debilidades. El cuerpo de un árbol recuerda las tormentas y las sequías, la escasez y la abundancia. Todos los cuerpos tienen sus huellas. La escritura es el cuerpo que no olvida.
39.
La extrañeza es constante. Seduce y asusta. ¿Cuántas palabras podrían decir cielo y no hacerlo a la vez? ¿Cuántas palabras podrían decir vos y ocultarte? El mundo se entreteje solo a nuestras espaldas y no hay cómo decirlo.
40.
Mi casa tampoco puede ser dicha.
41.
Los enojos pueden marcar mapas imprevistos. Donde no pisar, no tocar, no mover. Pero de nada sirven. Una y otra vez caemos en el mismo suelo que nos traiciona.
42.
Una cueva, una guarida, un deseo. La eternidad nunca es el límite. Una rama partida nos muestra aquello con lo que lidiamos. Saber leerlo es el próximo mundo.
43.
Las luciérnagas arremeten contra la realidad. Casi infinitas. Son un recuerdo del cielo alrededor de los cuatro. Otro lenguaje que se nos escapa.
44.
Agua y piedra pueden ser la combinación perfecta. El alma del río está guardada allí, entre las dos. Donde el sonido de una sobre otra invade todo y se lleva las voces de quienes amamos.
* * *
De Agujeros en la superficie (Kintsugi, 2021)
Si fuéramos agujeros en la superficie,
lugares para entrar hacia el sonido
de la campana o de las alas de los insectos,
si guardáramos el borde de cada día,
esa canción que se repite
del otro lado de la ventana
y acerca a las niñas que creíamos ser,
tal vez no volveríamos a otro recuerdo
que no fuera lo que ardía antes
de la primera partida,
de la primera voz sin recovecos.
Ella dijo: “¿Cómo te despides de alguien
si no sabes por qué se fue?”.
La búsqueda sigue siendo ese arco
de nueva resurrección.
*
Siempre hay un trueno que arrebata
la línea de las preguntas en medio de la nave.
El refugio se vuelve ladera, malestar, casi un reto
frente a la noche y la saga de grillos,
luciérnagas, cascarudos, bichos sin nombre.
Una secuencia de tilos y álamos para servir
a la brisa que anuncia nuestra breve
espera de cantos sin voces,
de melodías en sostenido silencio.
El rayo de oscuridad no siempre ensombrece,
a veces deslumbra frente al catequismo de idiotas,
la comodidad de quienes saben los pasos
de cada baile, de cada recorrido sin lunas.
En la mitad del árbol crece un secreto,
también el corazón del cuerpo que estamos por leer.
*
Vamos a aprender las maneras de irnos,
los modos de saltar sin anticipos pero
que reiteran otros,
y tal vez los alumbran.
Un sonido remeda otro sonido en otro espacio-tiempo:
el canto de los anillos de Saturno
en medio de una noche que nunca vivimos.
Si fuéramos ángeles
abriríamos las compuertas
de lo que nadie ha visto. Sin embargo,
tenemos demasiados días aún
para caminar sobre la tierra.
*
Tal vez lo que quede simplemente sea el hueso,
el que hizo de sostén todo este tiempo,
antes y después de la caída,
de la aparición en medio de la tarde
–como una maravilla
de puro olor a jazmines–,
el hueso, en medio de un cielo
que no es cielo ni arte.
¿Porque cuántas vidas abarca una vida?
¿Cuánto amor puede guardar un cuerpo?
Pero el hueso sigue ahí,
en la espera, en la dicha,
en el borde de tanto,
como el ojo del tigre en la espesura
o un destello infinito
en el desierto.
* * *
De Un ciervo en tu memoria (inédito)
Una foto de las vigas para demostrar que puede sostenerse.
Y sin embargo, después de tanto tiempo,
no hay techo ni paredes. Solo un cielo
estrellado como una figurita repetida cada noche
que no nos pertenece.
Las corridas, los gases, los disparos
atraviesan décadas y cuerpos. Una colección
de historias que solo contamos a medias,
entre las calles y cada océano.
Hay un ciervo en tu memoria
y es su sombra la que seduce o asusta.
Las canciones de la infancia vuelven a sonar en medio de otro mundo.
Pero el mismo en su dolor
y en su estallido.
*
Nada dejaría de sonar mañana,
encaramada a la premura del invierno que termina.
Como una caricia al lomo de la gata se desprende
su actitud sobre los días.
La suavidad que se alarga por unos segundos y permanece
después del aire,
el privilegio de esa piel.
Luego será el perfume para aliviar el salto, o disfraces
de sabor abrillantado.
La fruta. Aunque dicen
que sólo es cáscara.
*
Finalmente reconocemos nuestro humo,
como lo hacemos con el polen que se muestra al sol
o las ideas que nos toman desde abajo.
Los efectos de la luz permiten no verlo y simular
que no somos lo mismo,
que una estrella se distingue de otra,
una célula de otra,
y que es verdad que llevamos un nombre.
Aunque más bien estemos aun
de los dos lados del ojo,
como un sueño que viene y va, que nos expande
el cuerpo, el ritmo, la voz,
sus dimensiones desconocidas.
* * *
De Territorio collage (inédito)
¿qué es un jardín? ¿un espacio para el deseo de ser dios o de crear belleza? ¿un territorio planificado pero que no puede escapar a imprevistos? plagas. exceso de calor, de frío, de agua. incendio. semilla que brota de manera inesperada. ¿depende de jardiner✿s? ¿hasta dónde es obra del hacer de aves, de polinizadores? incluso del viento. ¿qué lo cruza sin dejar registro, qué lo marca para siempre? ¿es una mancha en la piedra? ¿un enredo? ¿un espacio para caer o perderse? ¿la fuerza opuesta al vuelo? una salvación, tal vez. pequeño oasis urbano para la infancia o verbena en la noche.
*
escarbar para escuchar la voz
excavar la propia voz también
para encontrar lo que tiene por decir
y decir la voz que cava mi escucha
la del animal que grita en las primeras horas de la luz
su chillido áspero de mañana
que parece el mismo que en la tarde pero no
no suena igual no dice igual
en el día que recién comienza ni en mí
con el sueño en los ojos todavía
con los tímpanos agrandándolo todo
el mundo que empieza a resplandecer
y ahí su voz
ese grito que demanda ser el centro ahora
una advertencia
su kraaaaahhhhh raspando el aire el espacio mis oídos
mi cuerpo aún quieto en la madrugada antes de oír
y ahora partido al medio por su sonido de rapaz
que siembra duda sobre el mundo
alerta en la piel
el no saber si huir o si enfrentarla
o si estar sólo quieta acá
simulando la muerte
cuál opción para no convertirme en presa
excavar
en la historia de la supervivencia
para que ese grito
esa voz que me perfora
quede allí
un desafío desde el árbol lanzado al cielo casi celeste
y no se transforme
en vuelo
encantamiento
fuerza veloz que también golpea
después del sonido
y caza
*
¿Sentís la atracción de la tierra cuando estás cerca de ella,
esa pesadez que hace que quieras hundirte
como un ser diminuto en la hierba?
¿Oís el grito del chimango bordeando la tarde,
o el canto del hornero orgulloso de mostrar su presencia,
ambos indiferentes a lo que no sea su ritmo
en cada cercanía del anochecer?
¿Volviste a ver la danza de la cola de la yegua
mientras espera esa caricia o esa mano
que le permita llegar más allá del alambrado?
¿Esquivaste el rayo de sol lanzado a tu ojo que te negaba el ver,
como si ya no hiciera falta observar el horizonte
en un día que casi termina?

ENTREVISTA CON LA AUTORA

Gilgamesh: Valeria, tu poesía –«cadencias», «equilibristas»– se escribe, en mi lectura, desde el cuerpo, con el cuerpo, poniendo en juego la voz en un movimiento estético-ético. Vida y escritura sin escisiones y en tensión. ¿En qué momento sentiste, supiste, elegiste que la poesía sería este trabajo lúdico, pensante y me atrevería a decir militante?
Valeria Cervero: Siempre creo que la poesía me eligió a mí, desde muy chica; pero es verdad que hubo ciertos momentos de decisión de mi parte con las características que planteás. Primero de muy joven, cuando todavía estudiaba en la facultad, y coordinaba cierto espacio dedicado a la poesía dentro de una revista que hacíamos desde una agrupación en la que militaba. Después de terminar la carrera de Letras, a fines de los noventa y principios de este siglo, también fui parte de un espacio colectivo en el que compartíamos nuestras escrituras, y con el que organizamos algunas lecturas y afiches de poesía que pegábamos en escuelas, bibliotecas y distintos espacios públicos. Y finalmente ya cerca de los 40 años y con dos hijes, cuando inicié mi primer blog (mordiscos) y por primera vez me planteé publicar un libro propio. Desde entonces fue mucho más intenso en mi vida el trabajo por y para la poesía.
Gilgamesh: «La escritura viene y va», hasta hoy, desde «cadencias» (2011) hasta «Agujeros en la superficie» (2021). ¿Qué búsquedas fueron guiando cada uno de tus poemarios?
Valeria Cervero: «cadencias» es un libro que se estructuró a partir de un sueño: desperté habiendo soñado cinco palabras que supe iban a nombrar las partes del libro. A partir de ahí, surgieron los textos. Fue una escritura que estuvo muy vinculada con la superación de cierta etapa bastante oscura en mi vida y que a la vez resultó paralela a la escritura de «escondidas», un libro-álbum para infancias que creamos con la ilustradora Vivi Chaves y que se publicó en 2013. La búsqueda para este segundo libro estuvo orientada por lo lúdico: en la escritura en sí; en el título, que remite al juego y a ciertas “claves” de lectura de cada poema; y en el intercambio que hubo con Vivi durante todo el proceso. Por otro lado, tanto «cadencias» como «equilibristas» (2014) son libros más experimentales –desde lo formal y cierto trabajo con el lenguaje– que los posteriores y vinculados a textos previos que recién se publicaron en «madrecitas» (2017), que reúne poemas más visuales, en los que trabajé con distintas tipografías y un uso del espacio más cercano a la poesía concreta. A partir de «Sin órbitas» (2016) comienza una etapa más lírica y con un uso de la puntuación más tradicional, más “correcto”. Este libro, si bien está formado por poemas breves en su mayoría, en su última parte incluye algunos más extensos para lo que suele ser mi escritura. En el caso de «Seres pequeños» (2018), tal vez el libro que menos leí en público, hubo una escritura que acompañó el duelo por la muerte de mi mamá, así como otras pérdidas de esa época. El primer poema de «Sibilejo» (2018) se originó en una propuesta para un proyecto para infancias que finalmente no se concretó, pero luego el texto tomó su propio camino, y fue surgiendo el personaje de este libro, su mundo singular. En el caso de «Ctalamochita» (2020), fue la primera vez que abordé el poema en prosa. Como otros libros míos, presenta un anclaje en la observación –escribí su parte central durante unas vacaciones en Córdoba– y en la reflexión; pero con un ritmo diferente, asociado al fluir del río. «Agujeros en la superficie» (2021) tiene una primera parte basada en el recurso de incorporar en cada poema un verso de otrx poeta. Esas voces de otrxs luego van a ser incluidas de otras maneras en otros textos del libro, en donde el abordaje de la memoria y el cuerpo en la construcción de esa memoria es central. Eso tiene una continuidad en «Un ciervo en tu memoria», que salió a fines de 2025. Es un libro que escribí en su mayor parte durante la pandemia y, aunque sin tematizarlo, las marcas de ese tiempo también se dejan ver en sus poemas.
Gilgamesh: ¿Cómo nace un poema? ¿Cómo, un nuevo libro? ¿Hay rutinas de escritura, hay silencios, hiatos, hay rituales?
Valeria Cervero: Un poema nace cuando tiene que nacer. A partir de una palabra, algo que oigo, veo, leo. A veces, inmediatamente; otras, después de días, meses, años. No tengo rutinas ni rituales. Sí insisto en escuchar. Hay épocas en que escribo bastante, pero otras en que casi nada. Respeto los silencios y los hiatos necesarios. Estoy convencida de que no escribimos solo con las palabras en un papel o pantalla. La escritura comienza antes, y a veces lleva mucho tiempo en nuestro cuerpo y nuestra mente. Hubo veces en que tardé décadas en escribir ciertos poemas. En el caso de los libros, por lo general van surgiendo textos hasta que en determinado momento empiezo a vislumbrar el camino que lleva a un libro. En algunas ocasiones hay un plan, pero cuando la cosa ya está en marcha. Pero por lo general el libro se va armando mientras lo escribo. Después vienen las correcciones.
Gilgamesh: Antes y durante la escritura, ¿hay lecturas que acompañan, que abren a esos nuevos textos?
Valeria Cervero: Las lecturas siempre acompañan de múltiples formas. A veces pueden ser el origen de un texto, pero también pueden ir entretejiéndose. En la primera parte de «Agujeros en la superficie», por ejemplo, todos los poemas incorporan versos de otrxs poetas, como Teresa Arijón, Valeria Pariso, Carlos Barbarito... En el caso de un libro inédito que escribí durante la pandemia, las lecturas paralelas fueron muy importantes y decidí incorporar una lista de esos libros, que iban desde «El peregrino», de J. A. Baker, hasta «Zoncoipacha: Desde el corazón del territorio», de Mariela Tulián. Constantemente estamos dialogando con otrxs autorxs, incluso cuando no nos damos cuenta.
Gilgamesh: ¿Qué lecturas, qué escrituras, qué mediadores te abrieron el y al mundo de la literatura?
Valeria Cervero: Lxs primerxs mediadorxs fueron mi mamá y mi papá. Gracias a ellxs descubrí la poesía de Antonio Machado por el disco de Serrat, que pedía escuchar una y otra vez siendo muy chica. También otras escrituras que me apasionaban en la infancia: los cuentos de Laura Devetach y de Elsa Bornemann, cuyos libros habían sido prohibidos durante la dictadura, pero que mi mamá, que era maestra, nunca dejó de leer en las aulas y en casa. O la poesía de Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández, que me llegaba a través de mi papá. Otros autores que amaba de chica y me abrían mundos: Julio Verne y luego Ray Bradbury. Después hubo muchas otras lecturas, pero cuando pienso en los momentos de estar leyendo escondida en cualquier lado, recuerdo esas.
Por otro lado, en sexto y séptimo grado tuve una maestra, Zulma Prina, que influyó mucho en que le diera otro lugar a la escritura y que ya empezara a pensar en ese momento en estudiar Letras. Luego hubo algunos talleres, como el que daba en mi escuela secundaria Liliana Corredera, que era profe, y el que hice con Hebe Solves cuando recién comenzaba la facultad. Gracias a Hebe, que era poeta, leí por primera vez a Irene Gruss y a María del Carmen Colombo, por ejemplo.
Gilgamesh: ¿Qué aportó, qué obliteró la carrera de Letras con respecto a tu recorrido como escritora, como gestora de proyectos poéticos?
Valeria Cervero: Creo que, sobre todo, me aportó como lectora. Todo lo que esa carrera podía brindar en la época en que la hice –durante los noventa–, y, específicamente, el conocimiento de poetas que me marcaron y que leí por primera vez mientras la cursaba, como Susana Thenon o los concretistas. Pero en general no fue una carrera que tuviera demasiado en cuenta la poesía. Tampoco la escritura, ni siquiera la de crítica, que se suponía que era a lo que apuntaba. Podría decir que también posibilitó vínculos, como el grupo que mencioné en la primera respuesta, del que participaban Jimena Néspolo, Matías Néspolo, Walter Romero, Marisa do Brito Barrote, Laura Limberti, Diego Lozano y Sergio Pesce. Pero eso fue ya terminando la carrera y en un breve tiempo posterior. La mayor parte de mis experiencias y proyectos pasaron por otros espacios y momentos diferentes a la época en Puan.
Gilgamesh: ¿Cómo fuiste involucrándote en tu blog –De lo que no aparece en las encuestas֪–, en revistas digitales –op. cit.–, en movidas como Poetas por el Derecho al Aborto Legal?
Valeria Cervero: El blog «De lo que no aparece en las encuestas» surgió por sugerencias de un par de amigos como forma de recopilar una serie de cien posteos que había hecho en Facebook con poemas de libros publicados en la Argentina durante 2012. Fue una manera de compartir lecturas en el verano de 2013, durante una época en que esa red social posibilitaba intercambios que podían ser interesantes. Al año siguiente retomé la propuesta y luego la sostuve durante varios años más, como una forma de difundir la diversidad de escrituras poéticas editadas en todo el país.
Paralelamente a la realización del blog, en 2013 comencé a integrar, junto a José Villa y Juan Desiderio, el grupo que llevó adelante el sitio Poesía Argentina, que fue una explosión de ideas y trabajo que se concentraron en menos de dos años. Ahí me sumé por la generosidad de José, que me invitó a participar casi sin conocerme y a partir de una serie de intercambios que tuvimos a partir de la aparición de la revista de ese proyecto. Debido a la discontinuidad que se dio por razones que nos excedieron, luego me sumé a la que de alguna forma lo continuó desde 2015: la revista digital de poesía op. cit., que dirige José Villa y donde fui participando de distintas maneras: pensando proyectos, coordinando dossiers, sumando colaboradorxs, preparando antologías y materiales para infancias, o con selecciones de libros y distinto tipo de notas, también organizando lecturas.
La participación en Poetas por el Derecho al Aborto Legal surgió en 2018, a partir de la convocatoria que lanzaron María Alicia Gutiérrez y Juana Roggero para leer poemas en lo que se conoció como Martes Verde, que eran las jornadas en la calle que acompañaron el debate sobre la Ley IVE en el Congreso. Esa experiencia dio origen luego a la recopilación de aquellas lecturas en el libro Martes Verde y a un montón de actividades de Poetas como colectiva: en marchas, eventos, ferias, redes sociales. Desde 2019 participé también de lo que fue la colectiva Sangría, contra la violencia machista en el ámbito de la palabra, una experiencia valiosa, pero que se hizo difícil sostener después de varios años, entre otras razones por las complicidades con los abusadores en el medio.
Gilgamesh: Un punto importante en tu trayectoria es la implicación con la literatura para las infancias. ¿Nos contarías cómo empezó y cómo sigue esta historia? En tiempos de redes, de múltiples formatos, ¿qué lugar ocupa el libro, la oralidad, la insistencia en la lectura, en la educación para lecturas críticas, autónomas?
Valeria Cervero: Cuando tenía 17 años, con un grupo de amigas y amigos formamos un grupo desde el que realizábamos actividades de recreación y arte con niñas y niños de lo que se conocía como el Albergue Warnes. Articulábamos con maestras que daban apoyo escolar, gente que militaba en el peronismo y otro grupo de una parroquia. Entre los talleres que dábamos, había un espacio para la literatura, generalmente vinculado a otras artes también. Fue una experiencia intensa que duró dos años; pero, por distintas razones, se nos hizo difícil continuarla después de que derribaran el Warnes y las familias se mudaran al barrio Ramón Carrillo. Un poco después me invitaron a participar en un centro cultural por Floresta, y ahí di por primera vez, sola, un taller literario para infancias de entre 7 y 11 años. Ese taller se extendió hasta que el centro cultural cerró por dificultades económicas, durante el menemismo. Las siguientes experiencias fueron ya siendo mamá, tanto en lo que hace a mi escritura, con libros como «escondidas» o «Sibilejo» –hay otros inéditos–, como en experiencias de talleres en escuelas, mi participación en el Festival de Poesía en la Escuela, la compilación de dos antologías de poesía para infancias que realizamos con el proyecto Poesía Argentina y luego «Ediciones Op. cit.», y finalmente el ciclo de poesía para las infancias «Poeplas». Esta última experiencia la llevamos adelante con varias poetas amigas desde 2019 y, posteriormente, junto a la editorial «mágicas naranjas», hasta 2024. Fue un ciclo de poesía y otras artes, al que se sumaron talleres, que llevamos a bibliotecas de la ciudad, al Conti, al CCK, a centros culturales barriales y a escuelas públicas. Si bien el año pasado nos tomamos un descanso, espero que podamos retomarlo.
La insistencia en la lectura y la escucha de poesía me sigue pareciendo fundamental aun en estos tiempos, ya que posibilita otra forma de ver, escuchar y habitar el mundo, otro tipo de vínculo con el lenguaje y con lxs otrxs, en donde lo que importa no se mide en términos de utilidad ni de cantidad de “likes”.
Gilgamesh: ¿Cómo es tu relación con talleres, certámenes literarios, ciclos de lectura, convocatorias?
Valeria Cervero: Para ser sincera, en los últimos tiempos hice más talleres sobre aves o plantas, entre otros, que de poesía o literatura. Pero tiene que ver con esta etapa en mi vida. Con respecto a las convocatorias y concursos, a veces participo de algunos, pero me cuesta prestarles atención, o bien me quedo afuera por ciertos requisitos de edad, extensión, etc. Tampoco me convence la lógica de los concursos, aunque es cierto que pueden ayudar con la posibilidad de editar o de hacer más visible una obra. De todos modos, no ha sido mi caso en general. En lo que hace a los ciclos de lectura, voy a algunos a escuchar cuando puedo y algo me interesa, aunque la oferta excede por mucho a mis posibilidades de asistir. Creo que hay una diversidad de propuestas que es positiva y valoro lo que vienen haciendo ciertos ciclos en particular, como Literatura Viva, Poesía de Verano, La Lengua del Poema, Geologías… Algunas veces por año me invitan a leer, y suelen ser experiencias enriquecedoras que agradezco.
Por otro lado, junto a Ayelén Rives venimos organizando el ciclo de poesía y música Salvaje Fruta desde 2024. Es un ciclo centrado en libros más que en autorxs, con un eje conductor de cada encuentro, un momento de diálogo con lxs poetas sobre los textos y un vínculo constante con la situación político-social. Y desde 2019 para acá, también fui parte de quienes llevaron a adelante otros ciclos, como «Poeplas, poesía para las infancias», y «Que no calle el silencio», vinculado a la colectiva «Sangría».
Gilgamesh: ¿Te sentís parte de alguna generación poética? ¿Qué opinión te merece la poesía que circula en las redes, la que se viene editando, reeditando?
Valeria Cervero: No me siento parte de ninguna generación; incluso me parece cuestionable como categoría. Pero sí me considero parte de una época en la que internet favoreció la circulación y mayor conocimiento de la diversidad de poéticas. Con respecto a lo que se edita o lo que circula en redes, creo que hay de todo, escrituras que me interesan y otras que no. Puede ser que las dificultades económicas de los últimos tiempos restrinjan las propuestas editoriales; pero creo que sigue dándose una diversidad que valoro en las lecturas de los ciclos, por ejemplo, al menos en Buenos Aires.
Gilgamesh: ¿Cómo vivís, atravesás el (des)trato de lo literario en particular, de la cultura en este nuevo tiempo político-social? ¿Qué rol les cabe a los poetas, a la poesía en estos difíciles momentos?
Valeria Cervero: Se sienten las dificultades en cuestiones concretas, desde la pérdida de espacios culturales importantes como el Conti, pasando por lo duro que les resulta a los circuitos barriales sostenerse y las restricciones que eso genera, hasta las limitaciones para publicar. Sin embargo, sigue habiendo una cantidad muy importante de propuestas que funcionan también como espacios de encuentro. Y en mi caso, trato de aportar mi granito de arena a todo eso. A lxs poetas les sigue quedando el rol de siempre, supongo: sumar su “oreja verde” a este mundo.
Gilgamesh: ¿En qué nuevos proyectos te estás involucrando? ¿Hay nuevo libro en gestación?
Valeria Cervero: Si bien estoy escribiendo, todavía no tengo en claro si eso terminará siendo un libro. Posiblemente sí, pero no soy ansiosa en eso ni apuro los tiempos. También tengo varios libros inéditos que hace rato que esperan una oportunidad de edición, aunque por ahora espero respuestas. El año pasado tuve una experiencia muy buena con la editorial Llantén, que publicó «Un ciervo en tu memoria». No sé si tendré la suerte de que suceda algo parecido con estos otros textos.
En lo que hace a los proyectos, para este año estamos organizando un evento en conjunto entre «Salvaje Fruta» y el ciclo «La Lengua del Poema» para junio, una fecha que creemos será muy bien recibida. También es posible que armemos algunas lecturas desde op. cit., retomando la que hicimos a fines de 2025 por los diez años de la revista. También espero poder articular algún evento con la Biblioteca Popular Ipacaá, de Punta Indio.
Gilgamesh: Nuestra última pregunta es una que, con ligeras variantes, repetimos de entrevista en entrevista. En «La muerte de la tragedia», George Steiner afirma (palabra más, palabra menos) que la poesía se ha vuelto un asunto privado esencialmente lírico y que, por lo tanto, se ha divorciado de la memoria histórica de los pueblos. Puesto en otros términos, la poesía es escrita y leída por poetas y quizá, también leída por alguna de sus amistades... Hace largo tiempo que el llamado «gran público» ha quedado fuera de este juego. Alejandra Boero llama a esto el «lazo perdido». ¿Qué sería necesario, en tu opinión, para reparar en alguna medida esa pérdida?
Valeria Cervero: Tengo una percepción algo diferente sobre esta cuestión. Para empezar, me parece que la poesía es mucho más que lo que escriben y leen lxs poetas, y que tiene una presencia en la vida que supera lo que solemos registrar. Tal vez se da algo parecido a lo que nos sucede a quienes vivimos en la ciudad y creemos que la naturaleza es algo exterior, adonde hay que ir, cuando en realidad la ciudad no deja de ser la naturaleza, aunque esté modificada. Y nos percatamos de eso cuando vemos lo que sucede en cualquier “baldío”, en donde las plantas crecen sin que nadie las cuide y podemos encontrar aves, insectos, guecos… la vida sucediendo. La poesía también sucede más allá de cualquier “cuidado”. A veces el problema está en nuestra desconexión o dificultad para escuchar. Sin embargo, hay una insistencia que pasa por otros lados y no solo por lxs poetas leyéndose entre sí, desde los juegos de palabras con las infancias hasta el pibe que canta en el subte para poder comer, y cuyas letras son realmente para escuchar, así como un termómetro del momento político.
Por otro lado, creo que en este país se hacen bastantes cosas para acompañar la escritura y lectura de poesía, a pesar de la falta de políticas y recursos dedicados a la cultura. Pienso, por ejemplo, en los quince años del «Festival de Poesía en la Escuela» desarrollándose en distintas regiones del país, pero también en muchas otras experiencias que se llevan adelante en aulas, bibliotecas populares, bibliotecas al paso, bibliolanchas, centros de salud, espacios culturales, talleres, ciclos, lecturas. Para dar un ejemplo reciente, este verano pude participar del «II Festival de Poesía en Punta Indio», que en un pueblo chiquito a orillas del río de la Plata reunió a alrededor de sesenta personas adultas y niñas a escuchar poesía bajo las estrellas, en medio del bosque que rodea a la «Biblioteca Popular Ipacaá». Un festival maravilloso llevado adelante por vecinxs del lugar de manera totalmente autogestiva. Pienso también en otros ejemplos concretos: como los talleres de poesía en cárceles que da Vanina Santoro como miembro del CUSAM (Centro Universitario San Martín); o el que coordina Daniela Camozzi como integrante de «No Tan Distintes», con mujeres y diversidades en situación de calle; o los poemas que la narradora Diana Tarnofky lleva a pacientes de distintas edades en centros de salud; o los encuentros en diferentes espacios culturales generados por el proyecto de «Perfopoética», un juego de cartas creado por Lía Chara y Gabriela Baby que reúne poemas con consignas performáticas orientadas a poetizar los cuerpos. Sé que este tipo de experiencias se dan en muchos otros lados, y la mayoría de las veces sin ayuda económica. Por eso, si bien nos emocionó escuchar al poeta Hugo Rivella leyendo en el escenario de Cosquín –y no pude dejar de recordar otras situaciones de escenarios frente a la masividad, como la de «Poetas por el Derecho al Aborto Legal» durante las jornadas de debate y votación en el Congreso de la Ley IVE–, a veces creo que el hacer de la poesía es más parecido al de las hormigas. Nunca sabemos bien cuál es el tamaño del hormiguero bajo tierra.
Para terminar, no puedo dejar de mencionar el hacer de lxs poetas de Gaza que siguen escribiendo desde los escombros durante un genocidio, mostrando una vez más la posibilidad de decir de la poesía y también su vínculo con la memoria.

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Valeria Cervero nació en 1972 en Buenos Aires, ciudad donde vive. Cursó la carrera de Letras en la UBA. Trabaja como correctora y editora. Participó de diferentes proyectos colectivos de poesía. Compiló Poeplas, antología de poesía para infancias en dos volúmenes, editados en formato epub. Entre 2013 y 2021 llevó adelante el blog De lo que no aparece en las encuestas (https://deloquenoapareceenlasencuestas2.blogspot.com/), dedicado a la poesía publicada en el país. Desde 2015 es parte del staff de la revista digital op.cit. (www.opcitpoesia.com). En 2018 se sumó a Poetas por el Derecho al Aborto Legal y colaboró en la edición de su antología Martes Verde. Integra Poeplas, proyecto de poesía para infancias que actualmente realiza talleres y eventos junto a la editorial mágicas naranjas. También coorganiza Salvaje fruta, recital de poesía y música en el tejido de lo vivo.
Publicó los libros de poemas cadencias (2011), escondidas (libro-álbum junto a la ilustradora Vivi Chaves, Ediciones del Eclipse, 2013), equilibristas (Colectivo Semilla, 2014), Sin órbitas (El ojo del mármol, 2016); madrecitas (Barnacle, 2017); Seres pequeños (HD, 2018); Sibilejo (ilustrado por Juan Lima, Maravilla, 2018); Ctalamochita (Barnacle, 2020), Agujeros en la superficie (Kintsugi, 2021) y Un ciervo en tu memoria (Llantén, 2025). En 2023 Ediciones Outsider realizó una segunda edición digital de Sin órbitas.

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