GILGAMESH: POESÍA Y POÉTICAS presenta a ALEJANDRO CASTRO
(Compartido en la página de Facebook el 22 de julio de 2026)
Alejandro Castro nació en 1956 en la ciudad de Buenos Aires. Es músico y escritor.
En la entrevista, Alejandro, dice:
«… la poesía fue, entre tantas otras cosas, una herramienta de conocimiento y testimonio: época, clase social, género, país, tal como en las observaciones astronómicas, de las que el observador tiene la exclusividad por su ubicación y tiempo.»
SELECCIÓN DE SU OBRA
Poemas de “Reportes de la noche” (2008)
9 de junio
(luna gibosa en Acuario hacia el noroeste.
Mar de las lluvias, cráter Copernicus. T.U. 08:00)
otro modo de oscuridad
será a la luz opuesto
mientras se disuelve
el vapor de tu cena
y cerca un niño empuja
desechos
sus frágiles asuntos
y en la gravedad de la empresa
evolucionan los chirridos
como un murciélago rabioso
otra especie final de noche
abrirá concebida
si el corazón te sostiene
y en su deriva
como la promesa
de un destino encendido
para todos en el cielo
despunta un brillo
que parecía no estar
ahora que lo ves
*
4 de julio
(Constelación del Centauro, en el cenit entre nubes
Rigil Kentaurus, binaria.
Magnitudes 0,6 y 1,2, amarillenta
y Agena Magnitud 0,6 blanca azulosa.
Punteros del sur. T.U. 12:00)
por un instante,
en el radiante de la sombra,
prendo la gracia de tu guiño,
el cuerpo tiembla
mientras tu oscuridad fermenta
(y las cosas caen a mi alrededor
y giran)
Antares, corazón de escorpión,
es arrojada de la corona de Persia
por bombas de fragmentación
caídas del mismo cielo
entre el olor y los escombros
(van apretando
la muerte sobre la tierra)
con lentitud y humo cubren
cada línea de emisión
retratos pixelados
de niños, que guarda
el papel del diario a mis pies
(giran quemándose
en un altar de malezas)
mientras busco
un descanso insalvable
me rinde
una ocupación amorosa
en la batalla que se da
a la puerta de las palabras
*
14 de septiembre
(En Sagitario M 20. Nebulosa Trífida. Magnitud 7,0.
NGC 6530 cúmulo abierto. Magnitud 4,6 T.U. 23:00)
creer en el cielo
convertirse en polvo
apto para el soplo divino
venirse a las alturas
bueno y verdadero
observando su luz
hoy
que su hueso es
báculo de una fe
conmovida por mis tinieblas
mientras la vida de los muertos
de lilas llenan las manos
y vacían la boca
con el verbo del principio
Poemas de “un portal de ovejas” (2013)
I
marcha de la luz
ligera en los ojos
un cardenal de fuego
sigue
al trocito de verdor
partido en algún punto
donde el terrón pisoteado
abre la derrota
al peso de la recua
sigue
retumbando desconfiada
irradiando el polen justamente
la harina del camino
flota gaseosa
y compadece a la seca
en un mismo costal
la lluvia de los páramos
sigue
de su fina mano y sacia
el restregón del viento
contra la zarza humeante
el horizonte borroneado
cuela una estría de losa
reflejo pedroso de mica
canteada de la sierra
sigue
atenta ella de sus flancos
hilada por hilada
radiada de su juicio
y oliendo cómo llega
al borde de su paso
las letras con sus cascos
sujetan un verbo verde
con las heces espaciadas
encauzan la oración
ya que la senda por ahí
sigue
III
¿qué afirma el rebaño al paso
de su uña bestial? el arreo
larvado reflejo del silbo
dejándole el fardo a los perros
sigue
blandiendo el aire
el fatigado ademán de los cardos
púrpura devoción del caserío
donde cuarenta kilos de pulpa latente
evitarán la mojadura
para no dejar de comer
al orden cerrado del invierno
que guarda su aliento
oxidado en el alambre
sigue
a los trancos la batalla
en el seno de sus ijares
y en el humo de su aliento
será por ella la noticia del mundo
la ceniza tinta en su vellón
y el camino un margen vacilante
nacerá al llano blanco paciendo
deja la sal la turba en los rasos
y de los galpones una procesión
al tiempo de la señalada
sigue
apoyando en el aire corrompido
una bruma de veneno
en los bajos del potrero
arranca el pasto y apenas
unas nubes abajo
más que arriba
boquea una pequeña eternidad
y en ese despojo
sigue
V
A golpe de pala van a salir las figuras. Van a nacer despacio entre los horcones que no son más rugosos ni más viejos ni más oscuros que las manos que ahora cruzan la urdimbre. Esas manos, aves laboriosas en los extremos de sus brazos, entran y salen de una jaula de hilos de colores.
La luz se estira en la punta de las jarillas pero se detiene en los cuajos amarillentos de sus ojos. Dos espacios nublados de recuerdos. Traman y golpean sus pájaros pequeños, sin alas.
Sola lo hará bien. Entonces pondrá un sol con el amarillo de la chilca. Con el lloro del algarrobo va a teñir las montañas.
A él, en un camino lo va a poner, anaranjado de barba de piedra. Canta.
La pastora en el sombrero
prendió unas flores de papa
cuando en el agua se mira
una ovejita se escapa
ya me estoy yendo
ya me han de olvidar
Esta comparsa que canta
usa gorritos de lana
los teje toda la noche
los desteje en la mañana
ya me estoy yendo
ya me han de olvidar
La tarde se enrolla y se va guardando solita en la pintuna. La telera no ve como la sombra llega hasta la huerta. Pero al cardado de la manta, a los flecos cortones y parejos, con sus yemas los ve.
No se apura en la tarea pero ya la quiere lista para hablarle como antes lo hacia. Contarle del pozo seco y de los animales.
Así dispone sus pensamientos dibujando con la lana sus retratos para tocar. Los nudos de sus manos atan y desatan. Vuelan alrededor de la trama. Ya no va a volver. Lo saben los pájaros que todo lo ven desde el nido del tapiz.
Hilados penetrales de su alma. Trama y golpea.
Poemas de “La estación” (2016)
soy la sangre
en las venas de un tren
mientras todo lo que pasa
ate a velocidad constante
y vuelve sobre sus pasos
la inercia se extiende
atomizada en el aire
una niebla cóncava
sobre el cuerpo abandonado
temblando de regreso
la ciudad resplandece y
me pierdo su pátina crepuscular
corrige una curva
el sueño sacude
lo que esconde en superficie
da vida en círculos
hoy bebí la leche del recuerdo
tu gozo de bailar era la palma de la mano
ramas de un instrumento que se movía
yo era el viento era el viento
y te alcanzaba
esa manera en que la tarde se venía encima
y nos encerraba una ola de miedo
en el manchón descascarado
la pared azul de humedad
qué bien que danzaban
cuatro verduras en la olla
yo era el viento era el viento
y las pálidas hojitas del paraíso
caían hacia nosotros
respirando en la oscuridad
sobre las bocas saciadas
*
Tardé en atender. “Hola”, dijiste. Yo pregunté que si estabas bien. Dijiste que habías salido porque no podías dormir. Que no sabías qué hora era. Que escuchabas ruidos. Que estabas intranquila. “¿Dónde estás?”, pregunté. Dijiste que en la estación. Que tenías un poco de frío, que habías estado todo el día al lado de la ventana y me esperabas. Yo pregunté que si estabas bien, que si querías que fuera. Dijiste que teníamos que hablar. Que ése sería tu remedio. O que no habláramos. Como si usásemos palabras, pero sin hablar. Que nada hablara por nosotros. Yo pregunté que qué nos íbamos a decir, si no teníamos otra cosa. Dijiste que no querías que todo se repitiera así otra vez. Que si yo estuviese allá, las cosas serían distintas. Yo pregunté que si no querías estar bien. Dijiste que no te pidiera que fueras feliz. Yo pregunté que qué querías hacer. “Curarme”, dijiste. Yo te pregunté que si querías que fuera para allá. Dijiste que no, que esperara; “¿me escuchás...?”, preguntaste. Yo dije que no podía quedarme ahí. “Esperame, ahora voy”, dije. “No”, dijiste; “¿me escuchás…?”, preguntaste.
Poemas de “horizonte artificial” (Próxima edición)
Ángel
Portrait (Sergei Loznitsa, 2002)
Él se detiene a mirarte y lo ves
y no podrías decir qué época vive.
Interrumpe por un momento una práctica diaria
o la olvida unos segundos,
descansa sus brazos
en el único bolsillo de tela blanca,
enorme ojo cíclope delante de su vientre
donde enfunda sus manos enharinadas.
El viento amontonando la nieve en los dinteles de madera
aún no trajo aquí el rugido del motor
que arrancó el ladrido y avanza sobre las gavillas.
Todo se mueve tan lento con nosotros,
quietos, fuera de campo.
Ese ángel ascendente con su delantal
y su apellido lejano, podría nombrar
el pájaro que canta en suspenso sobre el trillo,
el sol pálido y la escena en los graneros,
la vida áspera donde veríamos estremecidos
un decorado agitarse suavemente
si el aire fuese tan desleal.
Los ojos a ras del suelo
otra vez recuperan una altura humana.
Es el que siempre estuvo ahí.
Él nos mira y son sus cosas las que interrogan.
Su hacha, sus botas, su mayal, su abrigo,
las pilas de leña, las ushankas, todo
murmura algo por lo bajo, que la faena repite
siseando en la mañana evaporada.
No hay que esperar que algo pase porque ya ocurrió.
Recoge con la criba, se apoya sobre la azada.
Plano fijo. Nos retiramos a una distancia
desde donde se aprecia la curvatura terrestre.
*
La razón mestiza I
Beben la pureza que no es sólo para el vino
en una copa inflamada de virtud,
cumplida en media botella de plástico,
el líquido inmaculado que sirven sin respeto
limpio de la descomposición diaria
de la grasa de máquinas inarmónicas,
se lo disputan a voz en cuello
brindando a la salud de un espanto de palomas.
Los rayos del sol mantienen en suspensión, motas erráticas
del polvo levantado en la plaza por el paso superior,
una castidad íntegra que lucen en la calle
enfundados en sus emblemas monocromos,
saltan y saltan cuerpos contra cuerpos,
hechos a medida para el traje del dogma
cantan y cantan estrofas que riman buscando
la palabra desigual y combinada.
Van a tomarse todo con la forma
castísima de la cólera,
ahora que la sangre está servida
y haciendo un servicio involuntario
recuestan el peso de su ser en las palmeras,
la garganta con el gusto de la gloria que todos han escuchado.
Ahora no le toca al vecino ni a nadie
que se haya tomado la revelación única del mundo,
cultivando una niebla desamorada en los ojos,
y no distingue los pechos consagrados
con manchas aceitosas, suciedad,
vergüenza de la vestal esclarecida
de los únicos que pueden con el trabajo de hoy.
*
18 de diciembre, 2017
Claro que hay penas. Quién no siente
en lo ajeno de las vacas levantarse sobre ellas
la sombra ya dispuesta, tan fría y oscura
su presencia paciendo en el deseo.
Lo propio de lo privado en un campo
teórico, donde se desplaza lentamente
su tamaño venerable. Un organismo listo
para digerir en siete estómagos, los nudos
de un balbuceo insidioso y torpe
oculto en papeles lunares.
Órbita de mirada bovina,
corriente de penas en mayúscula,
mansedumbre religiosa y marca
del abatimiento que las dispone a venir por nosotros,
a olernos de cerca acostándonos con ellas,
soportar su peso mientras corremos por las calles
entre el humo de los gases,
húmedas de sentido llevarlas como una pancarta,
atadas al desvelo de la razón,
mirando de frente su imagen
al fondo del espejo :
no permaneceremos a salvo
sobre su horizonte artificial.
La pena es bovina y de su mirada
supuran esas horas,
llagan, aunque se conozca su núcleo
la implacable energía que las condensa,
pero entonces llega una voz:
un flujo de aire vibrante
en la cuerda del amor que cura.
ENTREVISTA CON EL AUTOR
Gilgamesh: Alejandro, tu poética, esta «batalla que se da/a la puerta de las palabras”, cuándo, cómo empieza a generarse?
Alejandro Castro: La lectura me acompañó toda la vida, pero comencé a escribir, o mejor dicho, compartir lo que escribía ya de muy grande, cerca de mis cincuenta años. De manera que para entonces había leído a grandes autores en ficción, poesía, ensayos, filosofía, en fin, una lectura muy desordenada pero llena de amor y fascinación. En los años `70, con mis amigos salíamos a recorrer las librerías de Corrientes y siempre nos traíamos libros de poesía (Gelman, Bellessi, Urondo, Luchi, etc) que leíamos primero en la Crisis. Cuando comencé a escribir, la poesía se me presentó naturalmente. Pero eran comienzos llenos de temor y temblor. Esos versos que citás de mi primer libro, los pienso ahora como búsqueda de la precisión que uno desea para sus textos, la mejor traducción que uno podría hacer cuando intenta dar cuenta de aquello que lo conmueve, dar testimonios de los sucesos del mundo, cosas que se creen recordar y te mueven a tomar el lápiz. Ahí creo que comienza esa lucha que, sabemos, está perdida de antemano.
Gilgamesh: «Reportes de la noche» es tu primer libro editado. ¿Recordás la génesis de este poemario? ¿Qué significó y qué significa hoy este trabajo inaugural?
Alejandro Castro: Soy aficionado a la astronomía y entre las cosas que los astrónomos profesionales y aún los aficionados expertos recomendaban cuando se realizaban observaciones –hoy se graba todo en celulares-, era describir en un reporte las condiciones de observación, tiempo universal, latitud y longitud, brillos estelares, etc. para poder compararlas con otras y sacar ciertas conclusiones. En una de esas observaciones que realizaba, anoté algo que me pareció interesante, bastante lejos del uso científico. Creí que tenía la excusa perfecta para darme la venia y soltar algo más la mano. Me estaba separando de la madre de mi hijo y pensar en no verlo todos los días era insoportable. Pensé en escribir para hacer también una observación de mí mismo en esos días. Él podría recurrir al libro en algún futuro, y esos textos harían la ilusión de reparar la ausencia. Con unas poquitas páginas, me acerqué al taller de María del Carmen Colombo (había leído unos poemas de ella y me encantaron) para ver si valía la pena lo que estaba haciendo. Me incluyó rápidamente y fue una gran experiencia. A los textos se le agregaron los acápites de las observaciones y después de corregir algunas cosas, ella me dijo “ojo, aquí tenés un libro”. Fue el comienzo de un camino inesperado. A partir de entonces la poesía fue, entre tantas otras cosas, una herramienta de conocimiento y testimonio: época, clase social, género, país, tal como en las observaciones astronómicas, de las que el observador tiene la exclusividad por su ubicación y tiempo.
Gilgamesh: ¿De dónde proviene la materia del poema? ¿Cuándo sos consciente de que hay un libro en ciernes?
Alejandro Castro: Solía tomar apuntes en una libretita (creo que alguna conservo todavía), de cosas que leía, escuchaba o veía. O reflexiones sobre eso mismo, referencias que no quería perder. Luego, esos apuntes iban tomando cuerpo, rondaban alguna clase de resonancias entre ideas dispersas que me parecían interesantes para desarrollar. Con el tiempo, sucedía ese proceso un poco irracional en el que los textos iban tomando un rumbo propio que trataba de seguir lo mejor que podía. Aun así, ya tenía la intención de incorporarlos a una idea general previa, una forma, (un discurso?) que proponga un contexto de lectura. Fue por entonces en que le pedí a Liliana Lukin, -tenía con ella, ya por entonces, una amistad que comenzó con mi admiración por su trabajo- participar de la Clínica de Escritura que estaba dando en la Biblioteca Nacional. Fueron temporadas de gran aprendizaje . Cómo abordar conceptualmente el conjunto de textos, aproximarse a los autores con los que tus textos dialogan, tanto como las condiciones físicas del armado del libro y los detalles de impresión. Todo un trabajo integral que cerraba con antologías anuales y una colección de libros de poesía de los integrantes de esa clínica . Fue una edición autogestiva , con el respaldo de la misma BN. Una colección preciosa, donde muchos poetas, hoy muy leídos, editaron sus primeros libros. “Un portal de ovejas ” pertenece a esa colección . «Reportes de la noche» , «La estación» y «Portal de ovejas» los escribí tomando esos formatos. Entonces, podría decir que previamente ya tenía el proyecto de un libro.
En cuanto a los poemas de Horizonte artificial (que pronto va a salir) también vienen de anotaciones que quedaron, por alguna razón, fuera de esos libros. Tal vez porque casi todos eran apuntes de sueños, recuerdos de sueños, evocaciones borrosas, y pensé en trabajarlos y explorar de qué manera se convierte una subjetividad en una idea. ¿De verdad ésto sucedió así? ¿Pasó aquello o lo soñé? Una ficción sobre otra ficción que construimos e inevitablemente nos va constituyendo también. Lo tengo más como una colección de poemas que fui editando mucho, hasta que encontré el ritmo, la extensión, en fin, la voz que dice y no puede ocultarnos completamente.
Gilgamesh: Desde «Reportes de la noche» hasta «Horizonte artificial» (de próxima aparición), las búsquedas convergen hacia un mismo punto o cada nuevo libro se abre a universos desconocidos? ¿Podrías volver a ese momento donde cada libro fue un primer poema?
Alejandro Castro: A pesar de que tener la ilusión de darle a cada libro su propio lenguaje, su búsqueda particular, la forma en que cada uno se sostiene, preguntar acerca de los temas sobre los que creo escribir, pienso que hay una convergencia hacia el carácter mismo de la poesía. Ese podría ser el universo que en realidad me interesa. Es algo velado la mayoría de las veces, pero de una gravitación que no puedo ignorar. Una especie de Big Bang. Sabemos más o menos lo que viene después, pero solo podemos especular sobre lo previo. Y lo que vino después, no hubiese sido posible sin esa concentración infinita de sentido. En mi caso, cada libro surgió, sí, a partir un primer poema con el que estuve más o menos conforme (todo lo que uno puede estarlo en esa batalla a la que nos referíamos) Luego, seguí poco más o menos, el plan de obra. Podría volver a esos poemas que dieron origen al libro, que excepto en Portal de ovejas, escrito casi todo de un tirón. Los poemas no conservan el orden cronológico de escritura, tienen trazado un orden que considero adecuado para su lectura. Por otro lado, me gusta ese momento en que se reúnen los textos y se ensaya un armado del libro. Esa distribución intencional, produce cambios de perspectiva en los poemas, confirmando que se escriben a pesar de uno.
Gilgamesh: ¿Qué desafíos te propusiste o se presentaron con «El verano de las Adivinas? ¿Cómo afrontás la cuestión de género -poesía, narrativa, canción- en la construcción de tu obra? En una entrevista, María Negroni, afirma que «la cuestión de los géneros literarios no es algo que tenga importancia», que «en la buena prosa, la poesía sigue estando cerquísima de sí misma». ¿Qué pensás al respecto?
Alejandro Castro: «El verano de las adivinas» fue toda una experiencia. Se lo escribí para mi hijo. Trata del primer viaje que hicimos juntos en carpa (hubo otros, maravillosos también) y aunque hay una ficción que mueve el relato, revivía un momento único de nuestras vidas. Tomé la primera frase del libro y en dos o tres sentadas, salió casi sin corregir. Se convirtió en libro de lectura de muchas escuelas. Eso me permitió, en visitas a esas escuelas organizadas por la misma editorial, tomar contacto con los niños lectores, que hacían devoluciones, lecturas y hasta escribían la continuación de la novela. Conmovedor. No tenía mucha idea de cómo iba a ser ese texto. Me dejé llevar por la emoción del recuerdo del viaje y ese aliento poético, digamos, fue la natural guía del relato. De manera que acuerdo con lo dicho por Negroni, habiendo disfrutado y aprendido tanto de los cruces de género donde hay textos que parecen imposibles de ser escritos de otra manera. Tengo la impresión de que eso está zanjado ya. Sloterdijk, Borges, Jabés, Tizón, Lezama Lima…
Gilgamesh: ¿Qué educación poética-sentimental acompaña tu escritura? ¿Hay un método, una disciplina de trabajo que la sostiene? ¿Qué literatura no puede faltar en tu biblioteca ideal?
Alejandro Castro: Cuando tenía aproximadamente unos seis años, mis padres trajeron a casa una enciclopedia ilustrada que se llamaba «Lo sé todo». Recuerdo sus dibujos un poco inocentes Yo me pasaba horas leyendo los ocho o diez tomos que teníamos. Te encontrabas un capítulo de la biblia y en la otra página, la evolución del arado, la descripción de algún dinosaurio y saltabas a la historia de Juana de Arco o Gargantúa y Pantagruel. Eso debe haber moldeado mi gusto e interés por todas las cosas en un acercamiento algo superficial. Pero también me dejó un amor por los libros que nunca me abandonó. Sé que algo del espíritu de la Buenos Aires de mi juventud -principios de los ´70- con todo el fervor revolucionario de esos días, donde todo era aún posible en la espesa humareda de los bares, tertulias apasionadas en esas mesas donde cualquiera podía participar, algo de misterio y bastante de peligro años después, me formaron en gustos, estéticas y compromisos (recuerdo que por entonces decíamos de alguien que “estaba esclarecido”) y de alguna manera pienso que me acompañan, para mi bien o para mi mal.
No tengo una disciplina de trabajo específica, pero por lo general, lo que comienza con alguna nota en una libretita, ahora, pasa rápidamente a la computadora. Me resulta mucho más fácil para agregar o tachar, probar alguna forma de corte de versos, etc. Luego, en mi biblioteca ideal, tendría siempre clásicos, mucha poesía y filosofía. Y un buen diccionario etimológico. Con los libros digitales (tengo desde hace unos años un lector digital) se abre un mundo abrumador. Uno puede conseguir casi cualquier libro que se proponga. Eso le saca cierto apego al libro físico que no me gusta tanto.
Gilgamesh: Músico y poeta. Entre esta voz y esta otra voz, ¿cómo se tramita la convivencia? ¿Qué música no puede ausentarse en tu poesía; qué poética, de tu obra musical?
Alejandro Castro: En mi caso, la música vino primero que la poesía. Y lo hice más como intérprete que como autor, aunque tengo algunas obritas compuestas. Con los géneros musicales, me pasa lo mismo que con los géneros literarios, no escribís una ficción, haces literatura de la misma manera que no haces un huayno, haces música. El participar siempre de grupos de música latinoamericana me acercó a poéticas que estaban aparentemente alejadas de la sofisticación de las capitales, sobre todo las de origen anónimo, inclusive en otras lenguas como el quechua, el aimara, el guaraní, y que me enriquecieron e incorporé con toda intención. Pero los vasos comunicantes entre la música y la poesía no tardaron en establecerse y ese flujo alimenta naturalmente ya, ambas disciplinas. Es no solo la evidente cercanía si aludimos a el ritmo, la frase, la melodía, si no a como se abordan a la hora de tener que llevarlos al papel.
Gilgamesh: ¿Qué le pedirías al lector que se interna en tus versos? ¿Tenés lectores que acompañan la escritura y la edición de tu obra?
Alejandro Castro: Aparte de agradecerle ese acercamiento, no tendría más que esperanzas de que encuentre alguna resonancia en sus pareceres y cierto placer en esa fortuita búsqueda. Varios de mis amigos poetas me han leído y me hacen llegar sus comentarios. Pienso que no editaría ningún trabajo que no haya pasado antes por la lectura de alguno de ellos.
Gilgamesh: ¿Cuál es su relación con la obra de tus contemporáneos? ¿Te ves parte de una generación poética? ¿Cómo leés el panorama actual de la poesía?
Alejandro Castro: Cuando salió mi primer libro, ya era bastante tarde para ser una joven promesa. A esa edad, la mayoría tiene ya una obra. Lo que produje, fue escrito en carriles separados de estéticas o grupos vigentes sin ninguna intencionalidad. Me pareció absolutamente lógico. Así que no tenía que cumplir ninguna expectativa con las movidas dominantes y ahora, me sentiría muy cómodo si estuviese entre los poetas “sueltos”, que han sido muy amables teniéndome en cuenta, sobre todo los jóvenes.
Gilgamesh: ¿Te interesa participar de lecturas, concursos, convocatorias, talleres literarios? ¿Qué lugar ocupan los premios recibidos?
Alejandro Castro: Empecé , como dije antes , en el taller de la Coto Colombo y participé una temporada del taller de Irene Gruss. Hice la Clínicas de Escritura con Liliana Lukin donde el abordaje conceptual del conjunto de textos me brindó herramientas que he incorporado , inseparables ya, de cualquier proyecto que encare. Por estas experiencias maravillosas , opino que los talleres son el espacio apropiado de formación y contención para un trabajo que se hace en absoluta soledad.
¿Valdrá la pena lo que escribo? ¿Tendrá algún valor? Todos nos hacemos esa pregunta cuando finalizamos o mejor dicho, suspendemos la corrección del libro. La participación en los concursos fue una manera de ratificar o rectificar esas dudas. Que poetas que uno reconoce avalen con un premio ese trabajo y validen su publicación es un aliento que despeja en gran parte, esas dudas. Mencionando también, que el dinero de los premios permite la impresión, que de depender de muchos poetas, como en mi caso, hubiesen demorado la salida del libro en meses o años y los textos ya no dialogarían con su época de la misma manera. Me han invitado a ciclos de lectura. Yo agradezco tanto esas invitaciones. Pero no estoy seguro de leer bien mis propios textos. ¿Qué curioso, no? Pienso que escribo poemas para ser leídos y me pasa también con las lecturas a las que asisto de oyente. Me encantan esos espacios donde conozco al o la poeta, me gusta el ambiente de cofradía que se da, el tono de sus voces, el encuentro con los escritores. Esa sociabilización que el poder, por nombrarlo de alguna manera, trata de borrar. Pero tengo que leer el libro, al fin, para concentrarme adecuadamente y detenerme y avanzar en las partes que me reclaman.
Gilgamesh: ¿De qué manera «trama y golpea» la poesía, el arte, en este mundo roto que nos interpela cotidianamente? ¿Qué lectura hacés de la intervención de los intelectuales en el debate público?
Alejandro Castro: Es un mundo roto, qué duda cabe. Y tal vez sea solo una parte del mundo que vendrá. Tramar y golpear en un silencio helado. La poesía, o el arte en general, no van a poder evitar lo que ya está sucediendo. No creo que este proceso se desacelere. No podemos distinguir hoy entre la voz, una foto, algún texto humano o los de una inteligencia artificial. La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica respetaba su original. «El Angelus Novus», hoy podría aparecer en una animación hablando con voz de pito mientras sobrevuela Gaza. ¿Hay una luz que nos dé una esperanza, me pregunto mientras esta computadora me corrige automáticamente una tilde? Tal vez en la singularidad del arte una resistencia política es central, y en el caso de la poesía, imprescindible, ya que se está operando sobre el lenguaje contra nuestro perjuicio. Se encuentra en la potencia de la poesía, uno de los refugios que nos permitan sobrevivir como especie.
Veo a los intelectuales luchar como pueden por dar esas discusiones. El espacio de ese debate público, está controlado por tecnologías que repelen cualquier propiedad distinta al discurso dominante. Los diarios, por ejemplo, eran en su momento campos dedicados a esos debates. Ahora, la sobrecarga del flujo informático como estrategia, llena de ruido molesto y furia inconducente. Pienso en tantos libros que suelen diagnosticar y describir adecuadamente estos tiempos. Qué bueno sería un arte de barricadas. Tal vez haya que abrir otros espacios, fuera de aquellos que pretendan abarcar una totalidad imposible, y reformular la vida de los barrios, la calle, las plazas, los lugares físicos.
Gilgamesh: Nuestra última pregunta es una que, con ligeras variantes, repetimos de entrevista en entrevista. En «La muerte de la tragedia», George Steiner afirma (palabra más, palabra menos) quela poesía se ha vuelto un asunto privado esencialmente lírico y que, por lo tanto, se ha divorciado de la memoria histórica de los pueblos. Puesto en otros términos, la poesía es escrita y leída por poetas y quizá, también leída por alguna de sus amistades… Hace largo tiempo que el llamado «gran público» ha quedado fuera de este juego. Alejandra Boero llama a esto el «lazo perdido». ¿Qué sería necesario, en su opinión, para reparar en alguna medida esa pérdida?
Alejandro Castro: Comienzo acordando con Alejandra Boero, en que sí, puede ser un lazo perdido. No es mi especialidad, contesto de mi parecer como lector, debería estar más al tanto de lo que se produce en otras regiones del país. Pero leí muy buena poesía en escritores que son herederos de lenguas originarias, mapudungun, guaraní o quechua. Ahí tal vez, se encuentre una llave que pueda abrir otras instancias de preservación de la memoria de los pueblos. No son lenguas perdidas. Son habladas por una cantidad enorme de personas que no han permitido, en estos quinientos años, que les borren su cosmovisión, su cultura, su memoria. Hubo alguna vez un gran público lector en nuestro país, basta ver todo lo que se editaba y el tiraje de esas publicaciones, pero se lo ha violentado educándolo para la ignorancia y sosteniendo cada vez más la falta de sentido crítico. Es muy raro ver a alguien leer un libro en el transporte público, algo que era tan común antes. Para reparar esa pérdida, pienso que harían falta políticas públicas que incentiven la lectura, el acceso a los libros gracias a una retribución justa por tu trabajo, y la confianza en que la juventud descubra que en los libros y en la poesía particularmente, circulan de otra manera los saberes que amplían su experiencia en la vida, que enriquecen la calidad de sus ideas. La poesía es provocadora, nada fácil a veces entrarle. Pero el esfuerzo de superar ese desafío, te compensa con un espacio íntimo de libertad absoluta.
DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS
Alejandro Castro, músico y escritor, nació en 1956 en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, donde actualmente reside.
«Reportes de la Noche», su primer libro publicado, obtuvo el segundo premio en el género poesía del Concurso Régimen de Fomento a la Producción Literaria y Estímulo a la Industria Editorial 2006 del Fondo Nacional de las Artes con un jurado integrado por María del Carmen Colombo, Irene Gruss y Horacio Zabaljáuregui
Con su novela «El Verano de las Adivinas», ganó el primer premio SIGMAR de Literatura Infantil y Juvenil 2011 con un jurado conformado por Norma Huidobro, Alicia Salvi y Silvia Schujer.
En 2011 su libro «Un Portal de Ovejas», obtiene una mención especial en el 1º Certamen Internacional de la Poesía "Dr. Juan Crisóstomo Lafinur", Pcia de San Luis. En 2013 el mismo libro pasa a integrar la colección MILIUNA de poesía, de Ediciones La Biblioteca, auspiciada por la Biblioteca Nacional.
Su libro «La Estación» (poesía) es mención en el Premio Literario Casa de las Américas de Cuba 2015 y editado por Ediciones en Danza en 2016.
Poemas suyos, figuran en distintas antologías : «Antología de la Clínica de Escritura poética de la Biblioteca Nacional» (2008/2009 y 2010/2011) dirigida por Liliana Lukin y publicadas por Ediciones La Biblioteca; «Interestelaria, cosmos y ciencia ficción» con prólogo y recopilación de Julián Axat, entre otras.
