GILGAMESH: POESÍA Y POÉTICAS presenta a YANINA AUDISIO(Publicado en la página de Facebook el 2 de septiembre de 2026)
Yanina Audisio nació en 1983 en Río Cuarto, Córdoba, Argentina. Reside en Buenos Aires. Es poeta, narradora y traductora.
En la entrevista, Yanina, dice:
«En este contexto me he empecinado especialmente con la traducción, será que necesito salir de nuestra lengua, la misma en la que nos vapulean y desmoralizan, para conquistar algo y traerlo en la búsqueda de una cercanía esquiva.»
SELECCIÓN DE SU OBRA
De Mordida por las flores (El desenfreno ediciones, 2025).
A la princesa del guisante, uno de esos, diminuto bajo una pila de colchones, le arruinaba el descanso. A mí el roce fugaz, el mínimo desacomodo de los materiales donde me abrigo o apoyo, la aspereza, el viento, la humedad, me perturban, me enferman, me lastiman.
Adversa, infructuosa, impar. Corrijo los harapos con un lacito de seda. Me trepo a la anciana que seré y tramo su violencia. Afronto el anegamiento con un puñado de cal.
La crueldad del mundo es contra el cuerpo, y aferrarse a los días, como zarpa sobre tules, es lo mismo que aferrarse al dolor. Si me preguntan por la piel, sé dónde se aja, si por la sangre, cómo le cuesta coagular.
Vienen a dormirme con sus gorjeos los pájaros que enjaulé de niña, a poner una semilla bajo mi almohada y torcerme el sueño. Todavía ágil, llega el caballo que me dio el galope: me erige en la princesa que daría sus jaeces por una hora de insensibilidad.
Cuerpo ancla, cascote, anzuelo. Estoy en la vida y llevo como una perla el éxtasis degradado de anticiparlo todo: va a doler.
*
Donde se confunda el enredo de mi cabellera con el yuyal. Ahí podés dejarla. Mi cabeza seguirá zumbando hasta atontar a las hormigas y vaciar el cielo de pájaros. Va a rodar por los abrojos, a juntar renacuajos, a sembrar el terror en aquellos que hostigaron tu infancia.
No te preocupes, andá tranquilo. Aventurate por las calles, que la tarde vaya a tu boca como las uvas que te prodigo con las manos.
La cabeza no quedará sola. A la hora del té mi niñera vendrá, la amiga preferida de la escuela, una suegra amorosísima y la tortuga que se congeló un invierno.
El sombrero de paja del abuelo campesino va a llegar con el primer viento. Sobre la frente, cantará el grillo más viejo su frío crepuscular.
Cerquita del barranco donde mi padre casi se ahoga de niño. Contra la pared alta del patio donde mi madre ya no esperó a la suya. Ahí podés dejarla, amor mío. La cabeza todavía palpitante llamará a las lombrices de tu delta, a las del arroyito de mis sierras, que en largas galerías van a transformarla como al suelo.
No te preocupes, andá tranquilo. Cuando vuelvas, la cabeza habrá recuperado la fuerza para embestir, igual que una cabra, el día nuevo. Mientras te vas, silbale una canción de cuna. Será como si la acariciaras entre los ojos. Ahí, debajo del sauce tortuoso podés dejarla.
De Pastizal (De todos los mares, 2025).
Por el agua tibia sumergimos los pies,
dioses corroídos, en olvido del daño.
Aceptamos anudarnos con quien nos provocaba,
aténgase a las secuelas aquel.
Cuál magia sino sucumbir al ansia propia y fascinar,
encumbrados y dispuestos a la fatiga y el barro.
Invitación hubo y escondía, lo asumimos, un pedido de socorro.
Sí, saldrá de su vida por nuestra mano. Quizás no sepa
cómo recobrarla cuando desamparemos, después.
Asistimos a dar unción del atrevido
que nos quiso cómplices, que gozó
como gozamos, del contagio.
El placer, la alegría: siembran la pena que vendrá.
Quien, en la distracción alta del día
osó implicarse en nuestro juego
alimentado de penumbras, hágase cargo, incauto,
de su tentación incitadora.
Y fraguamos nuestra gracia impostergable, fulmíneos.
Serán disueltas las preguntas que nos atravesarían.
Qué iba a ser de nosotros sin el cuenco de su alma,
dónde volcaríamos la quemazón de unos u otros dones.
Fulgor engarzado en un cielo fósil,
entramos y salimos del frenesí
como los tocados por la santidad
domestican para sí lo desconocido.
Y obradores de lo magnífico, lavamos nuestros pies.
*
Hurgué en las formas de la garza,
duplicada en el amor del agua.
¿Cómo sostiene en vuelo
su cuello imposible? Lo besa el aire.
En cambio, la inadecuación pesa
sobre la materia que arrastro
contra los muros, aferrada al sigilo.
Resguardo la lengua
para la ocasión inasible:
volveré a cantar, la voz
por la carne no será aflicción.
De la garza me detuve en la gracia.
¿Cómo recobrar entre dos gorjeos
el favor del aire? El viaje es agua
estremecida, donde la forma se despluma.
De Hacer el lobo (Abisinia Editorial, 2023).
La amantísima roza la tragedia sin consumarla. Escarba en tierra quemada. Conserva para sí el sufrimiento de haber sido, maravilla y desmesura, luz cegadora.
Abandonado por un deseo que nunca fue propio, el cuerpo le gana en fatalismo al crucifijo. De lo que no puede dar nacimiento, duele el abrazo, desnudo, amontonado contra algo, acaso una sirena estallando donde antes era el susurro: en el exilio del oído.
Apenas cósmica, como una flecha recién construida, apunta a un sol lejos del verano y a los pájaros que son más en la calle que en el cielo.
*
El índice imita al sol. Señal impasible y cegadora. Lo que se mira siempre es lo que ya pasó.
El índice se cierra sobre la pluma. Lo que se escribe siempre es el fracaso entre el dedo y la captura.
El índice repasa la línea. Lo que se lee siempre es el triunfo. Lo que la arena sabe sobre los ojos.
De Sol por un rato (Nueva York Poetry Press, Nueva York Poetry Press, 2021; Abisinia Editorial, 2022).
Esperando que suene la noche. Un crujido como el que hace mi cuello cuando se pliega, tallo sediento, para chuparte mejor. Un estrépito como el golpe de tu vientre, oleada, embate, desmoronamiento, contra mi vientre. Un chasquido, lengua invasora contra lengua invadida, como para tallarle un canto rapaz, un hambre nueva.
Reescribiendo una canción de cuna para dos que no se duermen. Oler, nos olemos. Lamer, nos lamemos. La justa operación para quitar el hierro que nos dejó la resaca de tanta noche y malas humedades. Tengo en la mano tu mano y así, jinetes insomnes, colmamos la boca de puentes, nos llevamos a componer, para vadearlo, un río
*
Volvemos a nuestros cuerpos, recaída alucinada y blanda, entre tus brazos como sobre la gruesa gramilla. Dentro de las bocas, el silencio, fruto jugoso; los pájaros del deseo acribillan su pulpa: gemimos sobre lo precario, no hay nombres, se trata de hacer la selva y pulverizarle uno a uno los brotes.
Volvemos a nuestros cuerpos, como sobre el barro regresa la lastimadura a apaciguarse, obstinados en trepar el apetito y saltar desde su acantilado, unidas las manos, cerrados los ojos.
Un paisaje de ramas desmenuzadas por el viento, suave, insistido, aire buscando su carnadura. Volvemos a nuestros cuerpos, nos damos un hospedaje muelle y ardiente, como si escribiéramos poesía sometemos las pieles como un lenguaje al tembladeraL
De Cielo sobre el charco (Salta el pez, 2019).
Paisaje
Con dos pares de pies
puede empujarse un montón
de resaca de una playa
pedacitos de cosas que estuvieron vivas
piedras que fueron gigantes
expulsiones del vientre
de volcanes muertos
sustancias digeridas por bestias pequeñas
ajenas a nuestra comprensión
en la medida en que respiran del agua.
Con dos pares de pies
puede moldearse una pila de resaca
mover ese montón de grandeza hecha polvo:
el origen de una isla que no quisimos conquistar.
Y hoy que el viaje termina esta noche
no podremos juzgar lo que acopiamos
con la torpeza y la maestría de los pies
no podremos negar la tierra en su ejercicio.
Solo queda lastimar los dos pares
empujar por su lado la resaca del mundo
perder el índice el volcán la piedra el pececito.
*
Semilla oscura
Cinco días atrás no habías nacido
tu nacimiento era inalcanzable
río de isla
algo que corre
en la noche de la posibilidad
nieve eterna
que quema en un recuerdo
no creado todavía.
En este país que ya dejaste
este país que no es mío.
Cinco días atrás
se hacía la luz de los náufragos.
La bestia mestiza del deseo y la ternura
aturdida o hambrienta
también retozó.
Cinco días atrás yo no había nacido
en las fauces de la bestia llegamos a la tierra.
Semilla oscura
partición altísima.
En este país que no es tuyo
en este país que dejaré.
Todo es nube.
ENTREVISTA CON LA AUTORA
Gilgamesh: Yanina, tu poesía, un «cuerpo textual, poético» que (des)acomoda la respiración ¿en verso?, ¿en prosa?, que trabaja contra y junto a «la resaca del mundo»; ¿de qué manera aparece en tu trayectoria lectora y escritural?
Yanina Audisio: Bastante precozmente. Ocurre que, desde que aprendí a leer, un universo se me reveló, deslumbrándome. Iba por las calles de mi ciudad natal, leyendo los carteles y no pudiendo creer que antes no sabía que allí había un sentido palpitando. Mi madre, también muy lectora, me inscribió en una biblioteca porque a las pocas horas de haberme llevado a la librería a que eligiera mis próximas lecturas, ya le estaba pidiendo ir de nuevo, habiendo dado cuenta con fruición de las recientes adquisiciones. Así es que, aparte de la biblioteca familiar, con el tiempo fui disfrutando de las bibliotecas de familiares y amigos de mis padres que me prestaban sus libros. Esa donación de universos simbólicos me llevó a leer géneros de lo más variados, sin filtro, porque yo elegía. En ese sentido, y habiendo sufrido dolores corporales desde siempre, el lenguaje se configuró para mí como algo mucho más significativo que un refugio; pasó a ser el espacio donde podía recuperar lo que el cuerpo me negaba: un brillo, una libertad, una amplitud habitable, lúdica, donde mi imaginación dilatada, me conducía al goce de una soledad lujosa, llena de voces, imágenes, escenas. Habitando todos los días durante horas esa otra dimensión, escribir surgió sin buscarlo. Lo reconstruyo como un modo afanoso de procesar el desborde de palabras de la lectura constante, mixturado con el efecto musical de las canciones folklóricas que escuchaba con mi padre. La lectura por vía materna, la música por vía paterna, el cuerpo del que tuve que huir, esa conjunción produjo mis primeros protopoemas cuando tenía 8 años. Podría decir que aquello que pesaba en la realidad permitió ejercicios de brazada y flotación en el cuerpo textual.
Gilgamesh: Editaste «La noche en los perros» en 2013. ¿Cómo fue el proceso para ese primer libro ofrecido a los lectores? Un año después, «La boca y su testigo» se encuentra reconocido en el Concurso Bioy Casares. ¿Qué significó esa lectura en el comienzo de tu itinerario en el camino de la escritura?
Yanina Audisio: Estuve alejada varios años de la escritura cuando me dediqué a estudiar y ejercer mi profesión, también vinculada con la palabra. Esa otra pasión, revolcada contra “la resaca del mundo”, se fue diluyendo y volví a mi primer amor, la literatura. «La noche en los perros» (Expreso nova, 2013) es una primera estación en ese camino de reinmersión literaria, donde recupero el para mí necesario extrañamiento de la poesía, en textos que van por inquietudes y formas variadas.
Luego, «La boca y su testigo» (Tinta libre, 2014) explora las implicancias e impedimentos del lenguaje, es un libro casi temático, que me conduce, de allí en adelante, a profundizar una obsesión particular en cada libro. El premio del Concurso Bioy Casares fue reconfortante porque, de algún modo, validó la temeridad de inmiscuirme en la publicación, sin tener demasiadas referencias cercanas en ese terreno. Si bien mi escritura nunca estuvo supeditada a las posibilidades de edición, acaso fue a partir de ese reconocimiento que comencé a considerar a los concursos como oportunidades reales de darle visibilidad a mi obra.
Gilgamesh: Desde ese libro inaugural hasta «Pastizal», ¿qué obsesiones insisten, qué búsquedas se reformulan, con qué nuevos caminos te dejaste tentar?
Yanina Audisio: El cuerpo, siempre el cuerpo, atraviesa todos mis libros, los once poemarios, el libro de cuentos «Rancho aparte» (Salta el Pez, 2022), la nouvelle «El filo para arriba» (de pronta publicación). Hay una incomodidad básica, una pregunta sobre el ser acosado por el desvalimiento. Esa obsesión ha ido mutando y asumiendo cierta especificidad en cada libro. La vincularidad va apareciendo como una dudosa posibilidad de rescate. Asumir voces extrañas que puedan destacar subjetividades ajenas, me convoca. También experimenté un poco con la no ficción en un libro inédito, un híbrido entre diario de enfermedad, libro de memorias familiares y rejunte de relatos amorosos, en torno las vicisitudes somáticas y las andanzas eróticas. Allí juego con una voz que me interesa, en segunda persona, lo que supone un desdoblamiento de la voz narradora, esa mujer que es hablante y oyente de su propia historia. Alguien que se muerde los labios y se habla con palabras que, por momentos, asumen el matiz de una acusación. Alguien que es interlocutada por sus propias voces.
Gilgamesh: Con la poeta y la narradora, ¿sentís que hay un parteaguas, una confluencia, una interacción? ¿Hay temas, hay prácticas, hay formas que se adaptan mejor a uno u otro registro? ¿Hay temas que sí o no en uno y en otro? ¿Qué estrategias creás cuando escribís para las niñeces?
Yanina Audisio: En mis búsquedas narrativas hay en el procedimiento escritural mismo un germen de poesía. Contrario a lo que muchos autores practican, nunca sé cómo sigue la historia mientras la estoy escribiendo. De saberlo, ya no me interesaría escribirla. Me ocupa soltar una voz y dejarla hacer, hallar, con suerte, ciertas revelaciones. Creo que eso es intrínseco a la práctica poetizante. Luego, todo puede ser tema en cualquiera de los dos registros, quizás en la narrativa se prioriza el desplazamiento y en la poesía la condensación, aunque ambas operaciones se entrelazan siempre. Para las niñeces escribí solo una vez, en «Paragüería y otros poemas» (Garza de papel Ediciones, 2021), y la estrategia fue básicamente ir por lo que me hubiera gustado leer cuando tenía 6, 7, 8, 9 años, temas que me preocupaban a esa edad, la melancolía que me asaltaba, las preguntas que me hacía, la mirada sobre los otros y sobre mí, el juego con las palabras, la búsqueda de nuevos significados. Ahí, por ejemplo, hay poemas donde aparecen una o dos palabras que un niño debería investigar para conocer. Eso que yo siempre disfruté, que la lectura me desafíe, me conduzca, me invite. Ese libro está bellamente ilustrado por María Chevalier, con quien nos propusimos que los dibujos no reproduzcan los textos sino que tomen su inspiración para hacer algo nuevo. Esa es la propuesta a los lectorcitos, que puedan visitar esos poemas y dibujos, y luego se animen a crear.
Gilgamesh: Has traducido a poetas de lengua inglesa. ¿Nos contarías esta experiencia? ¿Cómo acompaña tu escritura esta práctica? ¿Cómo la traducción incide en tu obra?
Yanina Audisio: Traduzco por capricho: la obra tiene que provocarme, traer algo del orden del encantamiento para que me convoque y me habilite a la pugna con ella. Así sucede, un poema me pide ser trasladado a la lengua que yo amo, que es la mía, es decir, el español en general, y mi pulseada poética con el español en particular.
Para traducir podría decir que desmenuzo el poema y lo vuelvo a armar, palabra a palabra, luego en el juego entre ellas y finalmente en el campo semántico de la pieza poética, sin obviar acentuaciones y ritmos, aunque siempre sea territorio de pérdida.
Traducir me lleva a un estado de obsesión con cada palabra. Cuando una decisión no me deja satisfecha, la palabra original o la que elegí me persiguen, y las encuentro en otros textos, en películas, en conversaciones. A veces, esa interacción con la misma palabra por fuera de la labor de traducción, me anima a cambiar o confirmar la elección. Lavando los platos, bañándome, acomodando la casa, en esos momentos de apelar a instaurar un orden, también puedo encontrar una solución de traducción que no se me había ocurrido. Queda trabajando la inquietud.
Cuando me aboco a traducir un libro completo, lo recorro muy ligeramente, sin leer en profundidad todos los poemas. Necesito dar con hallazgos en el recorrido, como si fuera una larga conversación con la voz poética, en la que se agrega un tema por poema. Al llegar a los momentos de mayor entusiasmo, me irrita tener que dedicarme a otras actividades y quisiera traducir sin parar. Como un vicio. Traducir es leer y escribir al mismo tiempo, mis dos ocupaciones favoritas.
Cada autor me habilita una conversación distinta. Así también las decisiones más globales, como optar por el español rioplatense o no, acercar o conservar los localismos o endemismos, las asumo de acuerdo al tono que ese encuentro con la voz o voces de cada libro me sugiere. Hay algo del quehacer de la médium, de tomarle el pulso al decir del autor, de ser un canal para entregar ese legado, que conduce a una u otra decisión.
Quien traduce, me parece, va por una escala microscópica del lenguaje. Eso modifica la experiencia lectora y de escritura propia.
Gilgamesh: ¿Creés que la circulación y producción de tu obra hubiesen sido diferente de haberte quedado en Río Cuarto, Córdoba, lugar en el que naciste? ¿Qué nuevos circuitos habilita tu residencia en Buenos Aires?
Yanina Audisio: Sí, creo que hubiera sido más difícil conseguir oportunidades de edición y de interacción con otros poetas. Si bien los medios virtuales permiten conectarse, hubo encuentros personales, trabajo de creación conjunta con otros, ciclos de lectura, recomendaciones, que difícilmente hubieran ocurrido si no estuviera en este lugar tan diverso. Estoy agradecida por todos los escritores y artistas de otras disciplinas con los que he podido interactuar en estos quince años que llevo viviendo en Buenos Aires, así como también con los espacios culturales donde he podido crear y conocer otras creaciones.
Gilgamesh: Ciclos de lectura, concursos, festivales, medios digitales, revistas de poesía, ¿cómo situás tu obra en estas geografías?
Yanina Audisio: Mi obra ha tenido una discreta circulación en esos espacios y agradezco cada oportunidad porque es un nexo con los lectores.
Gilgamesh: Al momento de comenzar un nuevo libro, ¿cómo es el proceso? ¿Hay lecturas que sostienen, hay rituales? ¿Hay un nuevo libro en proceso?
Yanina Audisio: Lecturas, siempre. Mis libros no existirían sin las lecturas, mi literatura no tendría asidero, ni impulso, ni motivo sin las lecturas. También obras de otros registros, como el teatro, el cine, el arte plástico, la danza, me nutren. No puedo identificar un proceso de inicio porque se conjugan muchas impresiones y obsesiones para llegar a la escritura. Digamos que voy por cada texto, escribo solo cuando me surge una necesidad imperiosa, una incomodidad, una inquietud que solo se calma escribiendo. A veces esa inquietud se expande, se generaliza, invade un período de tiempo en el que soy para explorar ese tema, esa estética, esa forma de lenguaje que me turba y entonces salen varios textos. Luego los dejo en reposo y meses después releo, retoco algo, desecho los textos que considero son más parte de la exploración que logros en sí mismos y acaso ahí vea una obra que me parezca alguna vez pueda ser libro. Ese es otro capítulo que supone un trabajo anexo: sea mandar y ganar un concurso, sea encontrar un editor que se interese. Hay una obra que podría ser libro, pero todavía el trabajo anexo no logró sus frutos. Hay también una inquietud muy en germen que todavía no empezó a desatarse en la escritura, pero que podría ser.
Gilgamesh: ¿Cuál fue tu experiencia al momento de editar? ¿Qué lecturas hacés de la poesía que se viene (re)editando en estos últimos años? Si tenés un momento de tiempo extra de lectura, ¿vas hacia los clásicos o hacia los contemporáneos?
Yanina Audisio: He publicado con muchas editoriales distintas, con cada una es un viaje distinto, la dificultad siempre es la distribución. En la poesía que se publica hay textos que me parecen muy valiosos y otros no tanto, pero afortunadamente se publica bastante poesía, así que hay para elegir. Algunas editoriales tienen un catálogo que se acerca a mis preferencias, por ejemplo Hilos, Llantén, Caballo Negro, elandamio, El desenfreno. Leo de todo, clásicos y contemporáneos, intercalo, superpongo.
Gilgamesh: ¿Cuáles son las lecturas imprescindibles en este momento de tu vida?
Yanina Audisio: En poesía, vuelvo insistentemente sobre Leonor García Hernando, Glauce Baldovin, Eugénio de Andrade, Yannis Ritsos. La narrativa de Sara Gallardo, Armonía Somers, Juan Rulfo, William Faulkner. Y esa conjunción de drama y poesía que es el universo de Shakespeare.
Gilgamesh: ¿Cómo enfrentás tu labor literaria en esta coyuntura político-social tan desalentadora? ¿Qué puede la literatura, qué puede quien escribe ante esta debacle?
Yanina Audisio: Puede defender la palabra, crear espacios de encuentro, intentar anclar, dar asidero. En este contexto me he empecinado especialmente con la traducción, será que necesito salir de nuestra lengua, la misma en la que nos vapulean y desmoralizan, para conquistar algo y traerlo en la búsqueda de una cercanía esquiva.
Gilgamesh: Nuestra última pregunta es una que, con ligeras variantes, repetimos de entrevista en entrevista. En «La muerte de la tragedia», George Steiner afirma (palabra más, palabra menos) que la poesía se ha vuelto un asunto privado esencialmente lírico y que, por lo tanto, se ha divorciado de la memoria histórica de los pueblos. Puesto en otros términos, la poesía es escrita y leída por poetas y quizá, también leída por alguna de sus amistades...Hace largo tiempo que el llamado «gran público» ha quedado fuera de este juego. Alejandra Boero llama a esto el «lazo perdido». ¿Qué sería necesario, en su opinión, para reparar en alguna medida esa pérdida?
Yanina Audisio: Creo que toda poesía que se precie de tal está atravesada por la historia del pueblo al que pertenecemos, lo que podemos subvertir será siempre en relación a lo que nos constituye. Nadie escribe por fuera de su identidad y su pertenencia, así mismo el lector es siempre supuesto, a veces se produce el milagro y son desconocidos los que se sienten interpelados por un poema. También asumo que la poesía no se reduce a los libros que podemos publicar, a las canciones que puedan grabarse, a los ciclos donde se pueda leer, a los concursos que puedan dar su reconocimiento. La poesía es un modo de hacer con el lenguaje, con el sentido, con el sonido. En esta época todo parece conspirar contra ese modo, pero aun así, ocurre. Yo soy ante todo lectora, la poesía ocurre en mí con una frecuencia lujosa, en ese sentido. El público siempre germina de a uno, aquel que se estremece con la construcción de una voz que quizás brotó a kilómetros o decenios de aquí. Ese lazo es potente y virtuoso.
NOTA BIOBIBLIOGRÁFICA
Yanina Audisio nació en 1983 en Río Cuarto, Córdoba, Argentina. Reside en Buenos Aires.
Ha publicado los poemarios La noche en los perros (Expreso Nova Ediciones, 2013), La boca y su testigo (Primer premio 7mo Concurso de Cuento y Poesía Adolfo Bioy Casares, Tinta libre, 2014), Piedras, papeles, tijeras (Ediciones en danza, 2016), Bajo poncho (Al filo de la palabra Ediciones, 2019), Cielo sobre el charco (Salta el Pez Ediciones, 2019; Insaciables ediciones digitales, 2023), Paragüería y otros poemas (infantil, Garza de Papel Ediciones, 2021), Sol por un rato (Mención honorífica Convocatoria 2020 Nueva York Poetry Press, Nueva York Poetry Press, 2021; Abisinia Editorial, 2022), Nombradero (Vórtice Editorial, 2022), Hacer el lobo (XXV Premio Latinoamericano de Poesía Ciro Mendía, Abisinia Editorial, 2023), Mordida por las flores (Mención especial del Premio Municipal de Literatura Luis José de Tejeda 2024, El desenfreno ediciones, 2025) y Pastizal (De todos los mares, 2025).
Ha sido galardonada con el Accésit Juan Ramón Jiménez - Zenobia Camprubí, destinado a poetas que residen fuera de España, del VI Premio de Poesía Viva, por la interpretación performática de poemas de su autoría.
En cuanto a su obra narrativa, ha editado el libro de cuentos Rancho aparte (Salta el pez, 2022) y obtuvo la Mención Especial del Jurado de Letras del Concurso Bienal Premio Federal 2019 con su nouvelle El filo para arriba. Su cuento Dionisio recibió una mención en el Concurso XXII Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, auspiciado por Casa de las Américas, Cuba.
Tradujo Fantasmas de lo sublime. Poesía en lengua inglesa en torno a la finitud y la trascendencia (en cotraducción junto a Federico Sironi, Editorial Serapis, 2023) y Pájaros de oscuras vocales. Poesía temprana de Dylan Thomas (Editorial Serapis, 2024
