lunes, 30 de marzo de 2026


 GILGAMESH: POESÍA Y POÉTICAS presenta a CÉSAR BISSO

(Publicado en la página de Facebook el 25 de marzo de 2026)

César Bisso nació en Coronda, Santa Fe, en 1952. Escritor, sociólogo, periodista independiente, ex profesor universitario.
En la entrevista, César, dice:
«Escribo desde el borde de un sueño; tal vez sea la manera de llegar al Otro.»

SELECCIÓN DE SU OBRA

Mi Otro
Nada concluye, menos la locura.
Guardas la lluvia en tus manos. Encadenado,
alzas el pan y lo trozas en partículas de odio.
Multiplicas la sinrazón, asumes la rutina del hospicio,
la prisión de quien no quiere oír,
mendigo del espanto, gota de niebla que cae
por peldaños de olvido. Así transcurre la vida.
Y detrás del muro, yo, anestesiado, ciego.
¿Puedes acaso regresar? ¿Puedo regresarte,
hacerte feliz, comprender tu deseo de amar,
explicar que alguna vez volverás a cruzar el muro
y nadar en el río de la sensatez?
No te das cuenta. Resulta imposible alcanzar la luz.
Me cuesta decir que lo bestial también gobierna.
Y que la libertad es un atributo de la muerte.
La misión
Te has llamado a cuidar al poeta, enfermo de amor.
No es un bello oficio. No tienes posibilidad de salvarlo,
tampoco lo intentes. Sostén su designio.
Líbralo como al río que lleva la luz, sin regreso.
Déjalo fluir entre sueños tardíos, acaricia la mano temblorosa.
Podrás imaginar trigales y caballos de la infancia,
trasbordos incesantes, avatares de la fe,
la canción que aún adormece a la princesa de hielo.
También conocerás el secreto del pequeño trono de madera,
los tigres del estío, los viejos magos grabados en papel de arroz.
Todo pertenece a ese hombre que te mira con ojos cerrados.
Y tú, allí, aferrada a su hechizo, esperas despertar, ya sin él.
Talampaya
Camino detrás del silencio.
Los pasos son cortos, pesados.
En medio de una naturaleza extraña, inmóvil,
el sol cobija mi desamparo.
No intuyo el rumbo. Todo es turbio.
Levanto una piedra, se deshace en mis manos.
Sorbo un trago de agua, se vuelve sal en la boca.
Siento que la vida se extingue, que no hay futuro.
Recuerdo a mi madre, el vaticinio de aquella pitonisa.
El milagro está sujeto a los pies.
Ahora entiendo. Lo único que me salva es el camino.
Ir siempre por él, a contraviento de la desgracia.
Algún día llegaré a la ciudad que no existe.
(del libro Andares)
Pescador del Carancho Triste
El pescador huele a silencio.
Al alba tiende las redes en el anchuroso cauce.
Rema con mansedumbre hacia la otra orilla,
inclina el torso a un costado de la canoa
y recoge desde la hondura los frutos sagrados.
El filo del cuchillo apresura la muerte,
dedos carcomidos hurgan entre anzuelos.
Al mediodía, del aro de metal descuelga la carne
y una olla con grasa caliente la vuelve fritura.
La siesta traspasa la marisma, adormece al sauce.
En el rancho el hombre friega la oscura corteza,
dispersa escamas por encima de su compañera.
Fornica como si alzara con regocijo un dorado.
Después regresa al oficio de tallar en el agua.
El pescador nada pide y poco tiene.
En la pobreza reside su donación a la vida.
Atizado por el vino, alardea con el nombre del paraje:
aquí la gente come hasta las tripas de lo ganado.
El carancho vigila, tristísimo, sobre la rama.
Zarpazos
Tras cada golpe de espuma
un puño de gorriones
atrapa al sol en sus pequeñas alas.
Fosforecen las escamas de los peces
en la blandura del cauce,
donde las redes no acechan
y la luz se ahoga entre zarpazos de agua.
El río es otro sol que alumbra desde abajo.
Criaturas de la orilla
Quien se desliza por la orilla es el hombre, no el agua.
Ella está quieta, enlutada de invierno.
Abriga lívidas criaturas deseadas por el cazador.
El párpado no se cansa, intuye lo que vendrá.
Sombras montaraces ondulan el crepúsculo.
El disparo es silbo de viento perezoso.
Un ruido expira entre alas de siriríes que se alzan tras los juncos.
El paisaje transforma el gesto del hombre, no el canto enfurecido.
¿Adónde va la sangre, dónde cae el plumaje sin cuerpo?
El cazador alza la presa sobre el hombro y retorna a la guarida.
Los patos orbitan la orilla. La calma surca el barro.
Sólo el silencio espera la muerte futura.
El agua es la última fortaleza.
(del libro De abajo mira el cielo)
Aleteos
Siempre vuelan pájaros solitarios.
Del patio al río,
de la tierra al agua,
con leve aleteo llevan y traen
el polvo de la existencia.
Alean contra el viento,
fuertes como la piedra,
frágiles como hojas.
Agitan al mundo con sus élitros
y suenan trinos como cencerros
en las cornisas y en los muros,
los cables tendidos al cielo,
las ramas desnudas.
Allí están,
libres y exultantes,
donde la mañana pulsa en el aire
sin nosotros.
Palabra en vuelo
Ay palabra,
defiéndete de quien sublima.
No te derrumbes,
huye del saqueador,
falaz traficante de ensueños.
Transfórmate en águila,
afila tus garras contra la piedra ardida
y vuela más allá del horizonte.
No hay magia que proteja.
El mal decir carcomió la torre de Babel
y ningún diccionario podrá reforzar
los frágiles cimientos de la sensatez.
No te rindas palabra.
Aunque ya enmudezca el mundo
alguien escuchará tu grito.
Encender la llama
Sucedió de repente.
Una embestida voraz de las tinieblas.
Todo lo que amo
fue devorado por el frío.
Se apagó el cielo.
Las nubes desvanecieron
y la piedra mutó en lluvia.
No hubo rastro a seguir.
Ahora busco sanación
en la estampida de pájaros,
en voces de ríos espectrales,
glaciares agónicos,
selvas deshilachadas.
Volcanes sin bocas de humo.
Sólo encuentro ramas secas.
Con ellas siembro viento
y enciendo la llama.
(Del libro El susurro que tañe)
Hado fluvial
De la lluvia nace.
Endemoniado,
baja los cerros entre pedregales,
copioso de lunas y soles.
Cruza la selva de dioses cautivos,
absorbe sangre añeja de otra muerte
y tiende un pertinaz escarceo
sobre inmenso manto esmeralda.
Avanza. No regresa por nadie.
En cada recodo lo aguarda el sauce
y la eternidad.
Por terrosa hendidura
su intensa luz desova como un pez
y las orillas afiebradas
desvanecen en cuenco de sal.
Un cántico de olas lo adentran.
Y el río, tembloroso,
trasmuta en hilos de espuma.
Caminante del silencio
Cuando el rocío muere en las espadañas
un hombre atraviesa el largo puente.
El río de abajo remonta la sal de su mirada.
A cada paso atisba el sol adormecido
en las entrañas de barro,
indaga los altares de la isla,
sus flores azules, la hierba efímera.
Tal vez,
luces de la casa vieja
reflejen el dolor de lejos.
Hijos que tañen en secreto
el latir de la herencia sombría.
Amores extraviados,
una mujer forjada en la espera.
¿Habrá sentido en la noche
mi mano a su lado
o todo él se volvió ceniza junto al alba?
¿Será su bastón de incesante golpeteo
el único guía que honra los recuerdos?
El silencio responde.
Ese hombre solo ya no tiene obsesiones.
Ha perdido al mesías de la luz,
pero el asombro perdura.
Ahora va entre hilos de niebla.
Acompasa el andar
como una garza que explora los juncales.
Su plumaje gris revela el ocaso.
Santa Fe, agosto de 1965
¿Qué significa para usted el lenguaje?
Tuve la osadía de preguntárselo a Borges
desde mi perplejidad de niño desmañado.
Ignoraba quién era el insólito visitante.
Allí estaba, sentado a la mesa del bar.
Un bastón en mano presidía las palabras.
Sobriedad -respondió con voz fatigosa-.
El sol es luminoso, nunca indecible.
Llegaron otras preguntas inconexas.
Nombró a Virgilio. Luego a Whitman.
Tal vez quiso correr el velo de la ilusión.
Alzó la taza y bebió su té en hebras.
Un maestro jesuita oficiaba de lazarillo.
Lo tomó del brazo. Se fueron, lentamente.
(Del libro Ciertos Ayeres)

ENTREVISTA CON EL AUTOR

Gilgamesh: César, ¿en qué momento de tu vida aparece la poesía como lectura y como escritura propia?
César Bisso: Presumo que la poesía me atrajo de niño, cuando veía a mi padre llenar cuadernos con palabras escritas en versos. Se entretenía trazando en rima versos gauchescos o románticos. Obviamente, yo no sabía lo que hacía, pero me llamaba la atención aquel ordenamiento gráfico sobre la página, donde cada renglón era casi similar al otro en su extensión y quedaban a los costado espacios en blanco. Lo mismo me sucedió con el juego de ajedrez y el extraño movimiento de los trebejos desplazados sobre el tablero. Mi padre jugaba muy bien al ajedrez y por entonces me enseñó a jugarlo, pero lo más sorprendente para mí eran los jeroglíficos que se formaban sobre el tablero al paso de cada jugaba. Recuerdo con nitidez aquellas escenas que provocaron cimbronazos en mi alma. Y todo fue obra del arte de mirar y, a través de la mirada, acceder a los sentimientos. Y más tarde aprende a pensar. Porque nada es anterior a la mirada. En fin, creo que así sucedió mi advenimiento a la poesía. Con el tiempo, ya siendo joven, aprendí el uso de utilizar la lectura como método y la escritura como fórmula para desarrollar una idea poética o transformar una imagen en metáfora. Ocurrió cuando comencé a participar en el taller literario de la Asociación Santafesina de Escritores, a principios de la década de los setenta. Los maestros Miguel Ángel Zanelli y Edgardo Pensante me guiaron por el sinuoso camino de la fascinación.
Gilgamesh: ¿Te acordás cómo fue escribir el primer poema? ¿Y el poema en el que te sentiste, por primera vez, poeta?
César Bisso: He comentado alguna vez que insinué el deseo de escribir desde el dolor, porque mis primeros versos se inspiraron en la muerte temprana de una de mis hermanas. Yo tenía catorce años y ella veintiuno. No alcanzaba a comprender su pérdida inesperada. Fue un golpe muy duro. Allí acaeció la necesidad de expresar mi sentimiento a través de una suerte de poema que llamé “Alguien”. No lo conservé escrito en ningún papel, pero aún vuela por mi cabeza esa pulsión difusa de acceder al amor desde el más profundo dolor. Respecto a la segunda pregunta, no sé si cabe el término “sentirme poeta”, pero creo que el poema “La libertad de nosotros”, con el cual obtuve el premio José Cibils para autores jóvenes, me acercó bastante a sentir esa sensación de haber logrado algo. Esa distinción, a mis veinte años, simboliza el inicio de un recorrido por la escritura poética que ya lleva más de medio siglo.
Gilgamesh: ¿Cómo aparece la idea de un poema? ¿Qué papel le otorgás a las emociones en él? ¿En el poema ves el libro a escribir?
César Bisso: La escritura poética no deviene de un trabajo mecanizado, como tampoco es fruto exclusivo de la inspiración. El pensamiento está impregnado de ideas, intuiciones, deseos, incertidumbres. De observar el mundo que nos rodea (y no hablo precisamente del mundo material) alcanza para abastecer de estímulos al creador. Lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo, está frente a nosotros de manera constante. Lo percibimos y nos nutrimos emocionalmente hasta que de pronto se descubre la huella que indica hacia dónde quiere ir el poema. Así surge la idea de escribirlo, pero sólo comenzamos a hacerlo cuando la palabra habla por sí misma. También es probable que ese poema, gestado desde una idea o arrebatado por la emoción, sea el punto de partida de un libro por venir. Me pasó con Isla adentro, Haikus felinos, Un niño en la orilla, El susurro que tañe, Ciertos ayeres. Fueron textos construidos por un conjunto de poemas que, por diferentes andamiajes estéticos, siguieron la línea temática del poema inaugural.
Gilgamesh: Empezaste a editar hace cincuenta años. ¿Qué temas, qué búsquedas se sostienen y se transforman de un libro a otro? ¿Pensás tu obra como un todo que se expande o cada libro cierra y abre un nuevo capítulo en la escritura?
César Bisso: Siempre he trabajado sobre la memoria en tiempo presente. Mi escritura ha sido un constante ir y venir sobre hechos, estados de ánimos, revelaciones, homenajes, ceremonias secretas con la imaginación y la conciencia. Y el vector que impulsa el acceso a la memoria es el río y su cosmos natural, en el sentido que me vincula metafísicamente con la belleza de lo inasible. Veo al río yendo, nunca estático. Y la poesía tiene ese mismo ímpetu de seguir adelante, de intuir lo que vendrá, más allá de la propia mirada del poeta. Creo que esta necesidad de ser y pertenecer se expande en cada libro, aunque varíe el diseño de la escritura y la apetencia del lenguaje.
Gilgamesh: Si tuvieses que elegir tres de tus libros, ¿cuáles serían y por qué?
César Bisso: Nunca atiné a pensarlo, pero voy a responder desde significaciones puramente subjetivas: Isla adentro es un libro consagrado totalmente a la naturaleza, donde pude dejarme atravesar por ella desde el primero al último verso. Un niño en la orilla es una suerte de regreso a mis años de infancia, donde el pueblo de Coronda, su gente y sus hermosos paisajes reflejan en cada poema un estado de exaltación latente. Andares, porque nació del ímpetu de un buen amigo, quien decidió publicarlo en su pequeña editorial de Corrientes. Después, cuando Tony Zalazar perdió la vida, el libro pasó a manos de otro mejor amigo, Alejandro Cesario, quien le abrió las alas y desde su editorial lo llevó a un reconocimiento más amplio a través de dos nuevas ediciones. En sus páginas habita una escritura elaborada desde la luz del pensamiento y la fortaleza de la memoria. Por lo menos, esa fue la intención.
Gilgamesh: ¿Te propusiste la poesía y el trabajo de poeta como «misión»? ¿Vivís al poeta y al poema como «criaturas de la orilla»?
César Bisso: No vivo el trabajo de poeta como una “misión”, sí como un compromiso existencial entre la vida de las palabras y la vida real. Escribir no me otorga ningún sustento utilitario. Por lo contrario, me hace sentir desamparado, pero fatalmente libre, como esas “criaturas de la orilla” que bien mencionas.
Gilgamesh: «Aunque ya enmudezca el mundo», ¿cómo se sigue poeta?, ¿cómo se (re) escribe la poesía?
César Bisso: Desde una óptica filosófica la poesía sigue siendo un gran enigma para todos los que escribimos, leemos o escuchamos sus infinitas acepciones. ¿Qué es la poesía? Lo preguntamos y el primero que enmudece es el poeta y después el mundo, que día tras día nos va dejando sin respuestas. Cuando el hombre inició el primer fuego le dio vida a la poesía. Desde allí prevaleció por encima de todas las tempestades humanas. Creció en la oralidad, como medio de comunicación tribal; luego fue adquiriendo mayor relevancia al transformarse el sonido en signos gráficos, es decir, a “ser” escritura, y más aún, a revestirse de pensamiento. Robert Graves escribió un enorme y maravilloso ensayo sobre ella, basándose en su relación directa con la magia. Estoy de acuerdo. Todo aquello que era inasible a la comprensión del hombre pasó a ser patrimonio de la diosa blanca: lo sagrado, lo divino, lo mítico. No describir, inventar. Desde ese magnetismo, aún intento convencerme que la imaginación está íntimamente inspirada por el lenguaje, incluso más allá de las emociones circunstanciales. Voy y vuelvo por ese camino errático, cubierto de bienes y maleficios, poéticamente misterioso. Así es como sigo siendo poeta y (re) escribo cada poema.
Gilgamesh: ¿Qué pensás si digo «poeta comprometido»? ¿Cómo vivís tu compromiso con la escritura?
César Bisso: Asumo con dignidad ese compromiso, en el sentido de encontrarme con el poema en su más profundo refugio. Es un salto sin red a lo desconocido, un grito silencioso e inefable, que se vuelve creíble cuando no dice lo que el creador pretende decir. Siendo muy joven tuve la suerte de conocer y entablar una cálida amistad con el poeta Raúl Gustavo Aguirre, a quien he valorado como uno de mis faros literarios. En ese tiempo yo estaba preocupado sobre cómo escribir, qué temas podía abarcar. Él me dijo: “el estilo se puede disfrazar de muchas maneras, el dilema es cómo se habla desde adentro del poema”. Aguirre orientó mi camino, sobre todo cuando comprendí que la poesía funciona en otra dimensión: es un proceso íntimo que atraviesa cualquier razonamiento humano. En ella no busco la verdad mística, tampoco pretendo la verdad dogmática, menos aún la verdad oficial. Sencillamente, porque creo que la poesía posee su propia verdad. “No le cantes a la rosa, hacedla florecer”, exhortaba Vicente Huidobro. De esto trata mi compromiso con la escritura poética: hablar desde adentro. Quien quiera leer mis textos podrá entrever una forma de percibir y pensar. Hoy, tristemente, la palabra nada en el barro, bajo una tenebrosa oscuridad. Las redes sociales han sido contaminadas de fanatismo y de odio. Y, sobre todo, revelan una impiadosa hipocresía colectiva, que erosiona la condición humana. Frente al caos que vivimos, sigo considerando que es la bondad del amor quien sostiene al mundo, no la perversidad del Poder.
Gilgamesh: Sos un poeta que sale a mostrar su obra en festivales nacionales e internacionales. ¿Cómo vivís esas instancias de difusión y de compartir con pares y con lectores? ¿Qué lector hay en tu horizonte a la hora de escribir?
César Bisso: Disfruto mucho de la participación en encuentros, ferias y festivales que se llevan a cabo en nuestro país como en el exterior. Son buenos gestos de instituciones culturales o la gentileza de viejos y nuevos amigos, quienes tienen la voluntad de invitarme. Siento que cada presentación es una linda manera de mostrar ante nuevos lectores por dónde anda mi escritura y, además, compartir con otros colegas las diferentes posturas que tenemos acerca de la poesía. Y, sobre todo, estrechar fuertes lazos de amistad. Respecto al lector en ciernes, nunca resultó un desvelo al momento de crear. Escribo desde el borde de un sueño; tal vez sea la manera de llegar al Otro.
Gilgamesh: ¿Cómo fue tu educación sentimental lectora? ¿Qué biblioteca acompaña tu escritura?
César Bisso: Leí con frecuencia a los notables poetas argentinos de las décadas del 40 y 50 y me sentí muy a gusto con esa escritura reflexiva, amorosa, surreal, plena de sutilezas y despertares estéticos. Disfruté de muchos: Molinari, Orozco, Molina, Girri, Bernárdez, Calvetti, Castilla, Pellegrini, Aguirre, Bayley, Ceselli, Pizarnik, Alonso, Madariaga, Vela, Gourinski, para nombrar algunos. Luego vino la generación anterior a la mía, perteneciente a los sesenta, donde brilló el compromiso social y el arrojo revolucionario. Accedí a la escritura de Gelman, Huasi, Bustos, Lamborghini, Díaz, Santoro, Szpunberg, Siccardi. Escribieron sentados en la boca del volcán. Por fuera de ello, admiro la poesía del mencionado Huidobro, de nuestro inmenso Borges, de Mastronardi, de Amelia Biagioni y de Rilke, Válery, Perse, Szymborska, Milosz (Lubicz), Saba, Montale, Pavese, Whitman, Auden, Cummings, Elliot, Dickinson, Kavafis, Seferis, Pessoa, Jabés, Vallejo, Neruda, Pacheco, Sabines, Vilariño, Hernández (Miguel), Machado (Antonio), Cernuda, entre tantos otros grandes creadores. ¿Cuánta belleza, no?
Gilgamesh: Sos también un poeta al que reconocen en certámenes nacionales y provinciales. ¿Qué pensás al respecto?
César Bisso: He participado en escasos certámenes. En todos lo hice en sólo una ocasión, con mayor o menor suerte. Nunca insistí en presentarme en una nueva oportunidad. Y casi todos los casos se dieron cuando coincidía con un libro inédito, recién terminado (José Pedroni, Fundación Argentina para la Poesía, Fundación Acero, etc). En otros casos, se debió a la suerte de un poema (José Cibils) o la consideración del jurado sobre una obra ya publicada (Municipalidad de Buenos Aires). Pero, más allá del reconocimiento obtenido, no soy un escritor que está siempre expectante de los múltiples certámenes que se organizan anualmente en todo el mundo. En otro aspecto, siempre me interesó integrar los jurados de los premios más importantes de la región, como el municipal de Santa Fe o el provincial José Pedroni. Me reconforta descubrir nuevas voces y estilos. Y saber que la escritura poética perdura.
Gilgamesh: El profesor, el sociólogo y el periodista, ¿cómo interactúan con el poeta? ¿Qué busca o usufructúa el poeta de ellos?
César Bisso: Me plantearon esta disyuntiva en otras oportunidades. Nunca he trabajado a tres bandas. Tuve mi paso por la universidad pública como profesor; pude ejercer el periodismo de manera frecuencial y llevé a cabo investigaciones referidas a mi profesión, sin que interfieran entre sí. Nunca resultó un estorbo, mejor aún, se integraron a un ritmo de vida sin sobresaltos, que incluyó familia, viajes y otros trabajos. A todo esto, debo agregar el tiempo dado a la escritura y la lectura, que siempre recibieron una dedicación personal. Puedo deducir que, como periodista, me he abastecido con el conocimiento de la realidad; como sociólogo, con el pensamiento crítico sobre la realidad; como poeta con la verdad del poema, que va más allá de la realidad. Y agrego otro concepto, que ya expliqué en una entrevista anterior: creo que, desde la escritura propiamente dicha, la sociología ayudó a la poesía a interpretar con mayor profundidad las relaciones sociales y humanas, mientras que la poesía animó al sociólogo a fertilizar el uso del lenguaje. En mi caso, ambas conformaron una especie de fe metafísica, una resignificación de lo social a través de la palabra poética.
Gilgamesh: Colaborás con revistas de Brasil y España. ¿Nos contarías cómo es ese intercambio poético?
César Bisso: Mi colaboración con la revista Agulha surge de un encuentro que tuve en Bolivia con el poeta brasileño Floriano Martins. Coincidimos en muchos aspectos de la vida y del quehacer literario. Floriano me invitó a colaborar en su revista, que es una publicación muy reconocida en Latinoamérica. Después surgió la idea de escribir algunos textos en forma conjunta sobre la creación, el arte poético y los deslumbramientos del lenguaje, a través de nuestros propios saberes y acercándonos a la obra de otros poetas pertenecientes a diferentes partes del mundo, generaciones y maneras de concebir la poesía. La experiencia derivó en la concreción de dos libros de ensayo. Y en relación a la revista madrileña Almiar, el vínculo comenzó con un artículo que escribió el poeta argentino Rolando Revagliatti sobre uno de mis libros. Después, me contacté con el director Pedro Martínez y, a partir de allí, comenzaron las colaboraciones y una amable correspondencia con el amigo asturiano. En Almiar escribo no sólo temas literarios, sino también artículos enfocados hacia el dramático andar del mundo.
Gilgamesh: ¿Qué pros y contras le ves a ser un poeta «del interior»?
César Bisso: En un escenario mundial globalizado, el “interior” pareciera estar más emparentado a una cuestión filosófica que a un tema de territorialidad. Pero no es tan así, porque aún se observan ventajas y desventajas entre los poetas que viven en el vértigo de las grandes urbes y otros que transitan pausadamente la vida cotidiana en sus lugares de origen. Los citadinos acceden con rapidez a las editoriales, a los centros culturales, a las librerías, a encuentros con otros poetas. Los pueblerinos no tienen ninguna posibilidad de alcanzar estos supuestos privilegios o, mejor dicho, comodidades por cercanía. Pero, por suerte, las aplicaciones electrónicas universalizaron los mensajes y en la actualidad cada poeta puede llegar con su obra a cualquier lado e, incluso, entablar una comunicación con cualquier colega. No obstante, hay que tener cuidado con este proceso de penetración tecnológica, en el sentido que todos los poetas nos acostumbremos a ver un poema igual a otro y no nos detengamos a un análisis más profundo sobre lo que leemos. Lo digo porque el simulacro de tildar con un “me gusta” no significa la conformación de una conciencia colectiva; por el contrario, lo más probable es que sigamos aislados y fragmentados. Pero, lo que importa es la divulgación de la poesía, no la postura del poeta. No obstante, pienso que, al revés de estas nuevas formas de comunicación virtual, el hecho de no ser “mirado” masivamente le otorga a cada poema un carácter más secreto, íntegro y universal. Esto lo puedo aseverar leyendo desde un libro a Juanele Ortíz, José Pedroni, Beatriz Vallejo, Lermo Rafael Balbi, Mario Vecchioli, Felipe Aldana, Julio Migno, Estela Figueroa, Alfredo Veiravé, Juan Manuel Inchauspe, para nombrar algunos de los tantos excelentes poetas de nuestra región que construyeron su obra sin alejarse del “interior” profundo.
Gilgamesh: ¿En qué nuevos proyectos estás trabajando?
César Bisso: Actualmente trabajo con dos nuevos poemarios desde diferentes abordajes. Además, estoy recopilando artículos literarios y prólogos que elaboré sobre libros de otros autores, para agruparlos en una futura publicación. Mientras tanto, espero la edición del libro que reunirá casi todos mis poemas escritos durante cincuenta años. Es un generoso proyecto de Ediciones UNL, perteneciente a la Universidad Nacional del Litoral. Esto es lo que más atrae y entusiasma. Me siento enormemente agradecido por el gran esfuerzo editorial que están realizando. Y cuando queda tiempo, leo mucha poesía argentina, como así también poesía latinoamericana y de ultramar. Hay muchos colegas que me siguen deleitando con poemarios muy bellos.
Gilgamesh: Nuestra última pregunta es una que, con ligeras variantes, repetimos de entrevista en entrevista. En «La muerte de la tragedia», George Steiner afirma (palabra más, palabra menos) que la poesía se ha vuelto un asunto privado esencialmente lírico y que, por lo tanto, se ha divorciado de la memoria histórica de los pueblos. Puesto en otros términos, la poesía es escrita y leída por poetas y quizá, también leída por alguna de sus amistades... Hace largo tiempo que el llamado «gran público» ha quedado fuera de este juego. Alejandra Boero llama a esto el «lazo perdido». ¿Qué sería necesario, en tu opinión, para reparar en alguna medida esa pérdida?
César Bisso: Es muy acertada tu expresión de “lazo perdido” para ejemplificar la existencia de un escenario para el “gran público”, que seguramente ha existido alguna vez y que hoy quedó relegado a lecturas entre pares en mínimos ámbitos, como los cafés literarios o esos ocasionales encuentros entre poetas en diferentes momentos y lugares, como menciona Steiner. Pero no coincido en que la poesía se haya vuelto un asunto privado. Tal vez lo sea el acto creativo, pero jamás perderá vigencia la masividad de su mensaje, porque la misma historia nos demuestra que la poesía tuvo la capacidad de superar todos los cánones impuestos a lo largo de la historia. No habrá asambleas multitudinarias, pero existen las redes sociales dispuestas a elevar su voz en todo el universo. Más allá de esto, siempre sostuve la idea de percibir al poeta como un creador solitario que habla para sí, en voz baja, despreocupado por el alcance de su escritura. Tampoco niego la interferencia que hay entre lo que la poesía dice y lo que el receptor quiere o puede comprender. Por eso cada verso se transforma en tierra de nadie. Traigo a colación el axioma de Lacan, donde advierte que el poeta no sabe lo que dice, pero lo dice antes. Le otorga una potestad que lo hace diferente al resto de la humanidad. No puedo aseverar que la poesía alcance esa condición suprema, pero se ha comprobado que puede trascender los límites del tiempo y del espacio, incluso al mismo Ser. El poeta existía en la era de las cavernas, resonó en la era atómica y seguirá replicando su decir en futuras generaciones robóticas. ¿Por qué? Me apropio de las palabras de Saint-John Perse: el poeta es parte irreductible de hombre. Y de esa excelencia poética se aferraron las religiones y las mitologías para crear el lazo entre los pueblos y conformar lenguas y culturas distintivas. La memoria es la gran conductora de las experiencias humanas. Y la poesía la dignifica. Con esto quiero decir que no me preocupa el rol o el lugar del poeta en el mundo. Es circunstancial. Lo importante es convencernos que el lazo siga firme. El gran Horacio nos dejó su non omnis moriar (“no moriré del todo”), un verso que representa la inmortalidad de la poesía y, por añadidura, la dimensión espiritual del poeta más allá de su obra. En síntesis, es hora de aceptar el legado de aquel poeta latino y continuar escribiendo sin apremio ni condicionantes colaterales, conscientes que “la palabra” no morirá jamás. Y para graficar mejor este paradigma, cierro con los últimos versos del poema que has mencionado en una de las preguntas anteriores: “No te rindas palabra. / Aunque ya enmudezca el mundo / alguien escuchará tu grito”.

NOTA BIOBIBLIOGRÁFICA

César Bisso (Coronda, Santa Fe, 1952). Escritor, sociólogo, periodista independiente, ex profesor universitario. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La agonía del silencio (1976); El límite de los días (1986); El otro río (1990); A pesar de nosotros (1991); Contramuros (1995); Isla adentro (1999); Las trazas del agua (antología,2005); De lluvias y regresos (2006); Coronda (antología, 2007); Permanencia (2009); Cabeza de Medusa (2014); Un niño en la orilla (2016 y reeditado en 2018); Andares (2019 y reditado en 2023 y 2024); La Jornada (2020); De abajo mira el cielo (2019 y reeditado en 2022); Haikus felinos (2022); El susurro que tañe (2025) y Ciertos ayeres (2025). En ensayo: Memorial de los abismos (2024) y La maldición de los carbones (2024), escritos en forma conjunta con el poeta brasileño Floriano Martins. Fue invitado a participar en diferentes ediciones de ferias de libros, festivales de poesía y encuentros literarios realizados en el país y en diversas ciudades de América Latina y Europa. Sus textos poéticos han sido incluidos en diversas antologías nacionales y del extranjero, como así también traducidos a otros idiomas. Obtuvo el primer premio de poesía José Pedroni, otorgado por la provincia de Santa Fe; el segundo premio municipal de la Ciudad de Buenos Aires; y el tercer premio nacional de la Fundación Argentina para la Poesía. Además, fue distinguido con el premio José Cibils y la Faja de Honor, concedidos por la Asociación Santafesina de Escritores. Actualmente colabora en las revistas culturales Agulha (Brasil) y Margen Cero (España).

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