lunes, 30 de marzo de 2026


 GILGAMESH: POESÍA Y POÉTICAS presenta a CÉSAR BISSO

(Publicado en la página de Facebook el 25 de marzo de 2026)

César Bisso nació en Coronda, Santa Fe, en 1952. Escritor, sociólogo, periodista independiente, ex profesor universitario.
En la entrevista, César, dice:
«Escribo desde el borde de un sueño; tal vez sea la manera de llegar al Otro.»

SELECCIÓN DE SU OBRA

Mi Otro
Nada concluye, menos la locura.
Guardas la lluvia en tus manos. Encadenado,
alzas el pan y lo trozas en partículas de odio.
Multiplicas la sinrazón, asumes la rutina del hospicio,
la prisión de quien no quiere oír,
mendigo del espanto, gota de niebla que cae
por peldaños de olvido. Así transcurre la vida.
Y detrás del muro, yo, anestesiado, ciego.
¿Puedes acaso regresar? ¿Puedo regresarte,
hacerte feliz, comprender tu deseo de amar,
explicar que alguna vez volverás a cruzar el muro
y nadar en el río de la sensatez?
No te das cuenta. Resulta imposible alcanzar la luz.
Me cuesta decir que lo bestial también gobierna.
Y que la libertad es un atributo de la muerte.
La misión
Te has llamado a cuidar al poeta, enfermo de amor.
No es un bello oficio. No tienes posibilidad de salvarlo,
tampoco lo intentes. Sostén su designio.
Líbralo como al río que lleva la luz, sin regreso.
Déjalo fluir entre sueños tardíos, acaricia la mano temblorosa.
Podrás imaginar trigales y caballos de la infancia,
trasbordos incesantes, avatares de la fe,
la canción que aún adormece a la princesa de hielo.
También conocerás el secreto del pequeño trono de madera,
los tigres del estío, los viejos magos grabados en papel de arroz.
Todo pertenece a ese hombre que te mira con ojos cerrados.
Y tú, allí, aferrada a su hechizo, esperas despertar, ya sin él.
Talampaya
Camino detrás del silencio.
Los pasos son cortos, pesados.
En medio de una naturaleza extraña, inmóvil,
el sol cobija mi desamparo.
No intuyo el rumbo. Todo es turbio.
Levanto una piedra, se deshace en mis manos.
Sorbo un trago de agua, se vuelve sal en la boca.
Siento que la vida se extingue, que no hay futuro.
Recuerdo a mi madre, el vaticinio de aquella pitonisa.
El milagro está sujeto a los pies.
Ahora entiendo. Lo único que me salva es el camino.
Ir siempre por él, a contraviento de la desgracia.
Algún día llegaré a la ciudad que no existe.
(del libro Andares)
Pescador del Carancho Triste
El pescador huele a silencio.
Al alba tiende las redes en el anchuroso cauce.
Rema con mansedumbre hacia la otra orilla,
inclina el torso a un costado de la canoa
y recoge desde la hondura los frutos sagrados.
El filo del cuchillo apresura la muerte,
dedos carcomidos hurgan entre anzuelos.
Al mediodía, del aro de metal descuelga la carne
y una olla con grasa caliente la vuelve fritura.
La siesta traspasa la marisma, adormece al sauce.
En el rancho el hombre friega la oscura corteza,
dispersa escamas por encima de su compañera.
Fornica como si alzara con regocijo un dorado.
Después regresa al oficio de tallar en el agua.
El pescador nada pide y poco tiene.
En la pobreza reside su donación a la vida.
Atizado por el vino, alardea con el nombre del paraje:
aquí la gente come hasta las tripas de lo ganado.
El carancho vigila, tristísimo, sobre la rama.
Zarpazos
Tras cada golpe de espuma
un puño de gorriones
atrapa al sol en sus pequeñas alas.
Fosforecen las escamas de los peces
en la blandura del cauce,
donde las redes no acechan
y la luz se ahoga entre zarpazos de agua.
El río es otro sol que alumbra desde abajo.
Criaturas de la orilla
Quien se desliza por la orilla es el hombre, no el agua.
Ella está quieta, enlutada de invierno.
Abriga lívidas criaturas deseadas por el cazador.
El párpado no se cansa, intuye lo que vendrá.
Sombras montaraces ondulan el crepúsculo.
El disparo es silbo de viento perezoso.
Un ruido expira entre alas de siriríes que se alzan tras los juncos.
El paisaje transforma el gesto del hombre, no el canto enfurecido.
¿Adónde va la sangre, dónde cae el plumaje sin cuerpo?
El cazador alza la presa sobre el hombro y retorna a la guarida.
Los patos orbitan la orilla. La calma surca el barro.
Sólo el silencio espera la muerte futura.
El agua es la última fortaleza.
(del libro De abajo mira el cielo)
Aleteos
Siempre vuelan pájaros solitarios.
Del patio al río,
de la tierra al agua,
con leve aleteo llevan y traen
el polvo de la existencia.
Alean contra el viento,
fuertes como la piedra,
frágiles como hojas.
Agitan al mundo con sus élitros
y suenan trinos como cencerros
en las cornisas y en los muros,
los cables tendidos al cielo,
las ramas desnudas.
Allí están,
libres y exultantes,
donde la mañana pulsa en el aire
sin nosotros.
Palabra en vuelo
Ay palabra,
defiéndete de quien sublima.
No te derrumbes,
huye del saqueador,
falaz traficante de ensueños.
Transfórmate en águila,
afila tus garras contra la piedra ardida
y vuela más allá del horizonte.
No hay magia que proteja.
El mal decir carcomió la torre de Babel
y ningún diccionario podrá reforzar
los frágiles cimientos de la sensatez.
No te rindas palabra.
Aunque ya enmudezca el mundo
alguien escuchará tu grito.
Encender la llama
Sucedió de repente.
Una embestida voraz de las tinieblas.
Todo lo que amo
fue devorado por el frío.
Se apagó el cielo.
Las nubes desvanecieron
y la piedra mutó en lluvia.
No hubo rastro a seguir.
Ahora busco sanación
en la estampida de pájaros,
en voces de ríos espectrales,
glaciares agónicos,
selvas deshilachadas.
Volcanes sin bocas de humo.
Sólo encuentro ramas secas.
Con ellas siembro viento
y enciendo la llama.
(Del libro El susurro que tañe)
Hado fluvial
De la lluvia nace.
Endemoniado,
baja los cerros entre pedregales,
copioso de lunas y soles.
Cruza la selva de dioses cautivos,
absorbe sangre añeja de otra muerte
y tiende un pertinaz escarceo
sobre inmenso manto esmeralda.
Avanza. No regresa por nadie.
En cada recodo lo aguarda el sauce
y la eternidad.
Por terrosa hendidura
su intensa luz desova como un pez
y las orillas afiebradas
desvanecen en cuenco de sal.
Un cántico de olas lo adentran.
Y el río, tembloroso,
trasmuta en hilos de espuma.
Caminante del silencio
Cuando el rocío muere en las espadañas
un hombre atraviesa el largo puente.
El río de abajo remonta la sal de su mirada.
A cada paso atisba el sol adormecido
en las entrañas de barro,
indaga los altares de la isla,
sus flores azules, la hierba efímera.
Tal vez,
luces de la casa vieja
reflejen el dolor de lejos.
Hijos que tañen en secreto
el latir de la herencia sombría.
Amores extraviados,
una mujer forjada en la espera.
¿Habrá sentido en la noche
mi mano a su lado
o todo él se volvió ceniza junto al alba?
¿Será su bastón de incesante golpeteo
el único guía que honra los recuerdos?
El silencio responde.
Ese hombre solo ya no tiene obsesiones.
Ha perdido al mesías de la luz,
pero el asombro perdura.
Ahora va entre hilos de niebla.
Acompasa el andar
como una garza que explora los juncales.
Su plumaje gris revela el ocaso.
Santa Fe, agosto de 1965
¿Qué significa para usted el lenguaje?
Tuve la osadía de preguntárselo a Borges
desde mi perplejidad de niño desmañado.
Ignoraba quién era el insólito visitante.
Allí estaba, sentado a la mesa del bar.
Un bastón en mano presidía las palabras.
Sobriedad -respondió con voz fatigosa-.
El sol es luminoso, nunca indecible.
Llegaron otras preguntas inconexas.
Nombró a Virgilio. Luego a Whitman.
Tal vez quiso correr el velo de la ilusión.
Alzó la taza y bebió su té en hebras.
Un maestro jesuita oficiaba de lazarillo.
Lo tomó del brazo. Se fueron, lentamente.
(Del libro Ciertos Ayeres)

ENTREVISTA CON EL AUTOR

Gilgamesh: César, ¿en qué momento de tu vida aparece la poesía como lectura y como escritura propia?
César Bisso: Presumo que la poesía me atrajo de niño, cuando veía a mi padre llenar cuadernos con palabras escritas en versos. Se entretenía trazando en rima versos gauchescos o románticos. Obviamente, yo no sabía lo que hacía, pero me llamaba la atención aquel ordenamiento gráfico sobre la página, donde cada renglón era casi similar al otro en su extensión y quedaban a los costado espacios en blanco. Lo mismo me sucedió con el juego de ajedrez y el extraño movimiento de los trebejos desplazados sobre el tablero. Mi padre jugaba muy bien al ajedrez y por entonces me enseñó a jugarlo, pero lo más sorprendente para mí eran los jeroglíficos que se formaban sobre el tablero al paso de cada jugaba. Recuerdo con nitidez aquellas escenas que provocaron cimbronazos en mi alma. Y todo fue obra del arte de mirar y, a través de la mirada, acceder a los sentimientos. Y más tarde aprende a pensar. Porque nada es anterior a la mirada. En fin, creo que así sucedió mi advenimiento a la poesía. Con el tiempo, ya siendo joven, aprendí el uso de utilizar la lectura como método y la escritura como fórmula para desarrollar una idea poética o transformar una imagen en metáfora. Ocurrió cuando comencé a participar en el taller literario de la Asociación Santafesina de Escritores, a principios de la década de los setenta. Los maestros Miguel Ángel Zanelli y Edgardo Pensante me guiaron por el sinuoso camino de la fascinación.
Gilgamesh: ¿Te acordás cómo fue escribir el primer poema? ¿Y el poema en el que te sentiste, por primera vez, poeta?
César Bisso: He comentado alguna vez que insinué el deseo de escribir desde el dolor, porque mis primeros versos se inspiraron en la muerte temprana de una de mis hermanas. Yo tenía catorce años y ella veintiuno. No alcanzaba a comprender su pérdida inesperada. Fue un golpe muy duro. Allí acaeció la necesidad de expresar mi sentimiento a través de una suerte de poema que llamé “Alguien”. No lo conservé escrito en ningún papel, pero aún vuela por mi cabeza esa pulsión difusa de acceder al amor desde el más profundo dolor. Respecto a la segunda pregunta, no sé si cabe el término “sentirme poeta”, pero creo que el poema “La libertad de nosotros”, con el cual obtuve el premio José Cibils para autores jóvenes, me acercó bastante a sentir esa sensación de haber logrado algo. Esa distinción, a mis veinte años, simboliza el inicio de un recorrido por la escritura poética que ya lleva más de medio siglo.
Gilgamesh: ¿Cómo aparece la idea de un poema? ¿Qué papel le otorgás a las emociones en él? ¿En el poema ves el libro a escribir?
César Bisso: La escritura poética no deviene de un trabajo mecanizado, como tampoco es fruto exclusivo de la inspiración. El pensamiento está impregnado de ideas, intuiciones, deseos, incertidumbres. De observar el mundo que nos rodea (y no hablo precisamente del mundo material) alcanza para abastecer de estímulos al creador. Lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo, está frente a nosotros de manera constante. Lo percibimos y nos nutrimos emocionalmente hasta que de pronto se descubre la huella que indica hacia dónde quiere ir el poema. Así surge la idea de escribirlo, pero sólo comenzamos a hacerlo cuando la palabra habla por sí misma. También es probable que ese poema, gestado desde una idea o arrebatado por la emoción, sea el punto de partida de un libro por venir. Me pasó con Isla adentro, Haikus felinos, Un niño en la orilla, El susurro que tañe, Ciertos ayeres. Fueron textos construidos por un conjunto de poemas que, por diferentes andamiajes estéticos, siguieron la línea temática del poema inaugural.
Gilgamesh: Empezaste a editar hace cincuenta años. ¿Qué temas, qué búsquedas se sostienen y se transforman de un libro a otro? ¿Pensás tu obra como un todo que se expande o cada libro cierra y abre un nuevo capítulo en la escritura?
César Bisso: Siempre he trabajado sobre la memoria en tiempo presente. Mi escritura ha sido un constante ir y venir sobre hechos, estados de ánimos, revelaciones, homenajes, ceremonias secretas con la imaginación y la conciencia. Y el vector que impulsa el acceso a la memoria es el río y su cosmos natural, en el sentido que me vincula metafísicamente con la belleza de lo inasible. Veo al río yendo, nunca estático. Y la poesía tiene ese mismo ímpetu de seguir adelante, de intuir lo que vendrá, más allá de la propia mirada del poeta. Creo que esta necesidad de ser y pertenecer se expande en cada libro, aunque varíe el diseño de la escritura y la apetencia del lenguaje.
Gilgamesh: Si tuvieses que elegir tres de tus libros, ¿cuáles serían y por qué?
César Bisso: Nunca atiné a pensarlo, pero voy a responder desde significaciones puramente subjetivas: Isla adentro es un libro consagrado totalmente a la naturaleza, donde pude dejarme atravesar por ella desde el primero al último verso. Un niño en la orilla es una suerte de regreso a mis años de infancia, donde el pueblo de Coronda, su gente y sus hermosos paisajes reflejan en cada poema un estado de exaltación latente. Andares, porque nació del ímpetu de un buen amigo, quien decidió publicarlo en su pequeña editorial de Corrientes. Después, cuando Tony Zalazar perdió la vida, el libro pasó a manos de otro mejor amigo, Alejandro Cesario, quien le abrió las alas y desde su editorial lo llevó a un reconocimiento más amplio a través de dos nuevas ediciones. En sus páginas habita una escritura elaborada desde la luz del pensamiento y la fortaleza de la memoria. Por lo menos, esa fue la intención.
Gilgamesh: ¿Te propusiste la poesía y el trabajo de poeta como «misión»? ¿Vivís al poeta y al poema como «criaturas de la orilla»?
César Bisso: No vivo el trabajo de poeta como una “misión”, sí como un compromiso existencial entre la vida de las palabras y la vida real. Escribir no me otorga ningún sustento utilitario. Por lo contrario, me hace sentir desamparado, pero fatalmente libre, como esas “criaturas de la orilla” que bien mencionas.
Gilgamesh: «Aunque ya enmudezca el mundo», ¿cómo se sigue poeta?, ¿cómo se (re) escribe la poesía?
César Bisso: Desde una óptica filosófica la poesía sigue siendo un gran enigma para todos los que escribimos, leemos o escuchamos sus infinitas acepciones. ¿Qué es la poesía? Lo preguntamos y el primero que enmudece es el poeta y después el mundo, que día tras día nos va dejando sin respuestas. Cuando el hombre inició el primer fuego le dio vida a la poesía. Desde allí prevaleció por encima de todas las tempestades humanas. Creció en la oralidad, como medio de comunicación tribal; luego fue adquiriendo mayor relevancia al transformarse el sonido en signos gráficos, es decir, a “ser” escritura, y más aún, a revestirse de pensamiento. Robert Graves escribió un enorme y maravilloso ensayo sobre ella, basándose en su relación directa con la magia. Estoy de acuerdo. Todo aquello que era inasible a la comprensión del hombre pasó a ser patrimonio de la diosa blanca: lo sagrado, lo divino, lo mítico. No describir, inventar. Desde ese magnetismo, aún intento convencerme que la imaginación está íntimamente inspirada por el lenguaje, incluso más allá de las emociones circunstanciales. Voy y vuelvo por ese camino errático, cubierto de bienes y maleficios, poéticamente misterioso. Así es como sigo siendo poeta y (re) escribo cada poema.
Gilgamesh: ¿Qué pensás si digo «poeta comprometido»? ¿Cómo vivís tu compromiso con la escritura?
César Bisso: Asumo con dignidad ese compromiso, en el sentido de encontrarme con el poema en su más profundo refugio. Es un salto sin red a lo desconocido, un grito silencioso e inefable, que se vuelve creíble cuando no dice lo que el creador pretende decir. Siendo muy joven tuve la suerte de conocer y entablar una cálida amistad con el poeta Raúl Gustavo Aguirre, a quien he valorado como uno de mis faros literarios. En ese tiempo yo estaba preocupado sobre cómo escribir, qué temas podía abarcar. Él me dijo: “el estilo se puede disfrazar de muchas maneras, el dilema es cómo se habla desde adentro del poema”. Aguirre orientó mi camino, sobre todo cuando comprendí que la poesía funciona en otra dimensión: es un proceso íntimo que atraviesa cualquier razonamiento humano. En ella no busco la verdad mística, tampoco pretendo la verdad dogmática, menos aún la verdad oficial. Sencillamente, porque creo que la poesía posee su propia verdad. “No le cantes a la rosa, hacedla florecer”, exhortaba Vicente Huidobro. De esto trata mi compromiso con la escritura poética: hablar desde adentro. Quien quiera leer mis textos podrá entrever una forma de percibir y pensar. Hoy, tristemente, la palabra nada en el barro, bajo una tenebrosa oscuridad. Las redes sociales han sido contaminadas de fanatismo y de odio. Y, sobre todo, revelan una impiadosa hipocresía colectiva, que erosiona la condición humana. Frente al caos que vivimos, sigo considerando que es la bondad del amor quien sostiene al mundo, no la perversidad del Poder.
Gilgamesh: Sos un poeta que sale a mostrar su obra en festivales nacionales e internacionales. ¿Cómo vivís esas instancias de difusión y de compartir con pares y con lectores? ¿Qué lector hay en tu horizonte a la hora de escribir?
César Bisso: Disfruto mucho de la participación en encuentros, ferias y festivales que se llevan a cabo en nuestro país como en el exterior. Son buenos gestos de instituciones culturales o la gentileza de viejos y nuevos amigos, quienes tienen la voluntad de invitarme. Siento que cada presentación es una linda manera de mostrar ante nuevos lectores por dónde anda mi escritura y, además, compartir con otros colegas las diferentes posturas que tenemos acerca de la poesía. Y, sobre todo, estrechar fuertes lazos de amistad. Respecto al lector en ciernes, nunca resultó un desvelo al momento de crear. Escribo desde el borde de un sueño; tal vez sea la manera de llegar al Otro.
Gilgamesh: ¿Cómo fue tu educación sentimental lectora? ¿Qué biblioteca acompaña tu escritura?
César Bisso: Leí con frecuencia a los notables poetas argentinos de las décadas del 40 y 50 y me sentí muy a gusto con esa escritura reflexiva, amorosa, surreal, plena de sutilezas y despertares estéticos. Disfruté de muchos: Molinari, Orozco, Molina, Girri, Bernárdez, Calvetti, Castilla, Pellegrini, Aguirre, Bayley, Ceselli, Pizarnik, Alonso, Madariaga, Vela, Gourinski, para nombrar algunos. Luego vino la generación anterior a la mía, perteneciente a los sesenta, donde brilló el compromiso social y el arrojo revolucionario. Accedí a la escritura de Gelman, Huasi, Bustos, Lamborghini, Díaz, Santoro, Szpunberg, Siccardi. Escribieron sentados en la boca del volcán. Por fuera de ello, admiro la poesía del mencionado Huidobro, de nuestro inmenso Borges, de Mastronardi, de Amelia Biagioni y de Rilke, Válery, Perse, Szymborska, Milosz (Lubicz), Saba, Montale, Pavese, Whitman, Auden, Cummings, Elliot, Dickinson, Kavafis, Seferis, Pessoa, Jabés, Vallejo, Neruda, Pacheco, Sabines, Vilariño, Hernández (Miguel), Machado (Antonio), Cernuda, entre tantos otros grandes creadores. ¿Cuánta belleza, no?
Gilgamesh: Sos también un poeta al que reconocen en certámenes nacionales y provinciales. ¿Qué pensás al respecto?
César Bisso: He participado en escasos certámenes. En todos lo hice en sólo una ocasión, con mayor o menor suerte. Nunca insistí en presentarme en una nueva oportunidad. Y casi todos los casos se dieron cuando coincidía con un libro inédito, recién terminado (José Pedroni, Fundación Argentina para la Poesía, Fundación Acero, etc). En otros casos, se debió a la suerte de un poema (José Cibils) o la consideración del jurado sobre una obra ya publicada (Municipalidad de Buenos Aires). Pero, más allá del reconocimiento obtenido, no soy un escritor que está siempre expectante de los múltiples certámenes que se organizan anualmente en todo el mundo. En otro aspecto, siempre me interesó integrar los jurados de los premios más importantes de la región, como el municipal de Santa Fe o el provincial José Pedroni. Me reconforta descubrir nuevas voces y estilos. Y saber que la escritura poética perdura.
Gilgamesh: El profesor, el sociólogo y el periodista, ¿cómo interactúan con el poeta? ¿Qué busca o usufructúa el poeta de ellos?
César Bisso: Me plantearon esta disyuntiva en otras oportunidades. Nunca he trabajado a tres bandas. Tuve mi paso por la universidad pública como profesor; pude ejercer el periodismo de manera frecuencial y llevé a cabo investigaciones referidas a mi profesión, sin que interfieran entre sí. Nunca resultó un estorbo, mejor aún, se integraron a un ritmo de vida sin sobresaltos, que incluyó familia, viajes y otros trabajos. A todo esto, debo agregar el tiempo dado a la escritura y la lectura, que siempre recibieron una dedicación personal. Puedo deducir que, como periodista, me he abastecido con el conocimiento de la realidad; como sociólogo, con el pensamiento crítico sobre la realidad; como poeta con la verdad del poema, que va más allá de la realidad. Y agrego otro concepto, que ya expliqué en una entrevista anterior: creo que, desde la escritura propiamente dicha, la sociología ayudó a la poesía a interpretar con mayor profundidad las relaciones sociales y humanas, mientras que la poesía animó al sociólogo a fertilizar el uso del lenguaje. En mi caso, ambas conformaron una especie de fe metafísica, una resignificación de lo social a través de la palabra poética.
Gilgamesh: Colaborás con revistas de Brasil y España. ¿Nos contarías cómo es ese intercambio poético?
César Bisso: Mi colaboración con la revista Agulha surge de un encuentro que tuve en Bolivia con el poeta brasileño Floriano Martins. Coincidimos en muchos aspectos de la vida y del quehacer literario. Floriano me invitó a colaborar en su revista, que es una publicación muy reconocida en Latinoamérica. Después surgió la idea de escribir algunos textos en forma conjunta sobre la creación, el arte poético y los deslumbramientos del lenguaje, a través de nuestros propios saberes y acercándonos a la obra de otros poetas pertenecientes a diferentes partes del mundo, generaciones y maneras de concebir la poesía. La experiencia derivó en la concreción de dos libros de ensayo. Y en relación a la revista madrileña Almiar, el vínculo comenzó con un artículo que escribió el poeta argentino Rolando Revagliatti sobre uno de mis libros. Después, me contacté con el director Pedro Martínez y, a partir de allí, comenzaron las colaboraciones y una amable correspondencia con el amigo asturiano. En Almiar escribo no sólo temas literarios, sino también artículos enfocados hacia el dramático andar del mundo.
Gilgamesh: ¿Qué pros y contras le ves a ser un poeta «del interior»?
César Bisso: En un escenario mundial globalizado, el “interior” pareciera estar más emparentado a una cuestión filosófica que a un tema de territorialidad. Pero no es tan así, porque aún se observan ventajas y desventajas entre los poetas que viven en el vértigo de las grandes urbes y otros que transitan pausadamente la vida cotidiana en sus lugares de origen. Los citadinos acceden con rapidez a las editoriales, a los centros culturales, a las librerías, a encuentros con otros poetas. Los pueblerinos no tienen ninguna posibilidad de alcanzar estos supuestos privilegios o, mejor dicho, comodidades por cercanía. Pero, por suerte, las aplicaciones electrónicas universalizaron los mensajes y en la actualidad cada poeta puede llegar con su obra a cualquier lado e, incluso, entablar una comunicación con cualquier colega. No obstante, hay que tener cuidado con este proceso de penetración tecnológica, en el sentido que todos los poetas nos acostumbremos a ver un poema igual a otro y no nos detengamos a un análisis más profundo sobre lo que leemos. Lo digo porque el simulacro de tildar con un “me gusta” no significa la conformación de una conciencia colectiva; por el contrario, lo más probable es que sigamos aislados y fragmentados. Pero, lo que importa es la divulgación de la poesía, no la postura del poeta. No obstante, pienso que, al revés de estas nuevas formas de comunicación virtual, el hecho de no ser “mirado” masivamente le otorga a cada poema un carácter más secreto, íntegro y universal. Esto lo puedo aseverar leyendo desde un libro a Juanele Ortíz, José Pedroni, Beatriz Vallejo, Lermo Rafael Balbi, Mario Vecchioli, Felipe Aldana, Julio Migno, Estela Figueroa, Alfredo Veiravé, Juan Manuel Inchauspe, para nombrar algunos de los tantos excelentes poetas de nuestra región que construyeron su obra sin alejarse del “interior” profundo.
Gilgamesh: ¿En qué nuevos proyectos estás trabajando?
César Bisso: Actualmente trabajo con dos nuevos poemarios desde diferentes abordajes. Además, estoy recopilando artículos literarios y prólogos que elaboré sobre libros de otros autores, para agruparlos en una futura publicación. Mientras tanto, espero la edición del libro que reunirá casi todos mis poemas escritos durante cincuenta años. Es un generoso proyecto de Ediciones UNL, perteneciente a la Universidad Nacional del Litoral. Esto es lo que más atrae y entusiasma. Me siento enormemente agradecido por el gran esfuerzo editorial que están realizando. Y cuando queda tiempo, leo mucha poesía argentina, como así también poesía latinoamericana y de ultramar. Hay muchos colegas que me siguen deleitando con poemarios muy bellos.
Gilgamesh: Nuestra última pregunta es una que, con ligeras variantes, repetimos de entrevista en entrevista. En «La muerte de la tragedia», George Steiner afirma (palabra más, palabra menos) que la poesía se ha vuelto un asunto privado esencialmente lírico y que, por lo tanto, se ha divorciado de la memoria histórica de los pueblos. Puesto en otros términos, la poesía es escrita y leída por poetas y quizá, también leída por alguna de sus amistades... Hace largo tiempo que el llamado «gran público» ha quedado fuera de este juego. Alejandra Boero llama a esto el «lazo perdido». ¿Qué sería necesario, en tu opinión, para reparar en alguna medida esa pérdida?
César Bisso: Es muy acertada tu expresión de “lazo perdido” para ejemplificar la existencia de un escenario para el “gran público”, que seguramente ha existido alguna vez y que hoy quedó relegado a lecturas entre pares en mínimos ámbitos, como los cafés literarios o esos ocasionales encuentros entre poetas en diferentes momentos y lugares, como menciona Steiner. Pero no coincido en que la poesía se haya vuelto un asunto privado. Tal vez lo sea el acto creativo, pero jamás perderá vigencia la masividad de su mensaje, porque la misma historia nos demuestra que la poesía tuvo la capacidad de superar todos los cánones impuestos a lo largo de la historia. No habrá asambleas multitudinarias, pero existen las redes sociales dispuestas a elevar su voz en todo el universo. Más allá de esto, siempre sostuve la idea de percibir al poeta como un creador solitario que habla para sí, en voz baja, despreocupado por el alcance de su escritura. Tampoco niego la interferencia que hay entre lo que la poesía dice y lo que el receptor quiere o puede comprender. Por eso cada verso se transforma en tierra de nadie. Traigo a colación el axioma de Lacan, donde advierte que el poeta no sabe lo que dice, pero lo dice antes. Le otorga una potestad que lo hace diferente al resto de la humanidad. No puedo aseverar que la poesía alcance esa condición suprema, pero se ha comprobado que puede trascender los límites del tiempo y del espacio, incluso al mismo Ser. El poeta existía en la era de las cavernas, resonó en la era atómica y seguirá replicando su decir en futuras generaciones robóticas. ¿Por qué? Me apropio de las palabras de Saint-John Perse: el poeta es parte irreductible de hombre. Y de esa excelencia poética se aferraron las religiones y las mitologías para crear el lazo entre los pueblos y conformar lenguas y culturas distintivas. La memoria es la gran conductora de las experiencias humanas. Y la poesía la dignifica. Con esto quiero decir que no me preocupa el rol o el lugar del poeta en el mundo. Es circunstancial. Lo importante es convencernos que el lazo siga firme. El gran Horacio nos dejó su non omnis moriar (“no moriré del todo”), un verso que representa la inmortalidad de la poesía y, por añadidura, la dimensión espiritual del poeta más allá de su obra. En síntesis, es hora de aceptar el legado de aquel poeta latino y continuar escribiendo sin apremio ni condicionantes colaterales, conscientes que “la palabra” no morirá jamás. Y para graficar mejor este paradigma, cierro con los últimos versos del poema que has mencionado en una de las preguntas anteriores: “No te rindas palabra. / Aunque ya enmudezca el mundo / alguien escuchará tu grito”.

NOTA BIOBIBLIOGRÁFICA

César Bisso (Coronda, Santa Fe, 1952). Escritor, sociólogo, periodista independiente, ex profesor universitario. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La agonía del silencio (1976); El límite de los días (1986); El otro río (1990); A pesar de nosotros (1991); Contramuros (1995); Isla adentro (1999); Las trazas del agua (antología,2005); De lluvias y regresos (2006); Coronda (antología, 2007); Permanencia (2009); Cabeza de Medusa (2014); Un niño en la orilla (2016 y reeditado en 2018); Andares (2019 y reditado en 2023 y 2024); La Jornada (2020); De abajo mira el cielo (2019 y reeditado en 2022); Haikus felinos (2022); El susurro que tañe (2025) y Ciertos ayeres (2025). En ensayo: Memorial de los abismos (2024) y La maldición de los carbones (2024), escritos en forma conjunta con el poeta brasileño Floriano Martins. Fue invitado a participar en diferentes ediciones de ferias de libros, festivales de poesía y encuentros literarios realizados en el país y en diversas ciudades de América Latina y Europa. Sus textos poéticos han sido incluidos en diversas antologías nacionales y del extranjero, como así también traducidos a otros idiomas. Obtuvo el primer premio de poesía José Pedroni, otorgado por la provincia de Santa Fe; el segundo premio municipal de la Ciudad de Buenos Aires; y el tercer premio nacional de la Fundación Argentina para la Poesía. Además, fue distinguido con el premio José Cibils y la Faja de Honor, concedidos por la Asociación Santafesina de Escritores. Actualmente colabora en las revistas culturales Agulha (Brasil) y Margen Cero (España).


 GILGAMESH: POESÍA Y POÉTICAS presenta a VALERIA CERVERO

(Crédito de foto: Manuel Pose Varela)

(Publicado en la página de Facebook el 4 de marzo de 2026)

Valeria Cervero nació en 1972, en Buenos Aires. Es poeta, editora y correctora.

En la entrevista, Valeria, dice:

« A lxs poetas les sigue quedando el rol de siempre, supongo: sumar su “oreja verde” a este mundo.»
«La poesía también sucede más allá de cualquier “cuidado”. A veces el problema está en nuestra desconexión o dificultad para escuchar. »

SELECCIÓN DE SU OBRA

De Ctalamochita (Barnacle, 2020)
Ctalamochita
21.
La escritura viene y va. Nos moja y deja en el silencio que nos escribe. Un silencio más acá de los árboles y las gotas de lluvia. Un silencio que pone afuera cada sonido del mundo.
22.
El olor a tierra húmeda se adueña del jardín y trae otras tormentas. Otros veranos en que todo podía perderse bajo el agua, hasta que dejara de ser el tiempo que promete. ¿Quién nos librará de lo que moja y vuelve?
23.
El pino y la rosa china conquistan el día y opacan el gris. Las hormigas insisten con mis zapatillas. Son dueñas de cada pared de la casa: un espejismo de este ciclo que llamamos vida.
24.
La belleza no se separa del mundo. El sonido del agua es el sonido del primer día. Tal vez por eso no sabemos qué decir. Las palabras fluyeron hasta quedarnos sin nada.
25.
El sol les da a pleno en medio del agua. La silla y el libro quedaron abandonados en esta parte donde impera la sombra. Aun así nos toca el calor. La claridad supera a lo oscuro en casi todos lados.
26.
Cientos de caracoles en una bolsa esperan un tiempo que no regresa. Si escuchara otra vez lo que dicen, ya no mentirían el mar. Sólo un eco de mis ocho años.
27.
Temo la enfermedad. Temo las muertes que todavía me esperan. Las chicharras hacen interminable la tarde. Pero tu voz, hija, abre el instante y borra todo de pronto.
28.
El poema se escribe a orillas del río. Cada palabra es una piedra mojada que produce sus propias ondas, sus propios recovecos.
29.
El motor de la heladera vieja establece continuos. El aire fresco se filtra por las ventanas y promete un mejor clima adentro. Desde el patio pueden verse relámpagos que miden el tiempo de la próxima tormenta. Ya no soy ese único sonido.
30.
Asomadas a la ventana vemos la noche invadida de luciérnagas. Cada luz es un anuncio. Cada ausencia de luz, un secreto que se guarda para compartir en otro momento.
31.
El agua es más fría cuando se la presiente. Si dejás que llegue al cuerpo pronto, regala su tibieza y parece acunarte.
Las chicas en el agua son sirenas perdidas. Cantan y gritan sólo para ellas mismas. Para alterar el río. Para hacerlo más bello y más joven.
32.
Esto que estás leyendo nunca soy yo. Ecos, buena parte de nuestras vidas. Nuestros cuerpos también. De otros días y otras historias. Otras travesías.
33.
Los zorros nos visitan en la noche. Son pequeños y buscan restos de comida. Su único contacto con nosotros es en medio de la oscuridad. El miedo los hace huir. No los paraliza, les da el movimiento. Hacia lo que ya no vemos.
34.
No es la piedra de Watanabe, pero también recuerda otras resistencias. En medio del río, nos ofrece un descanso y lo aceptamos sin recelo. Piedras más pequeñas la rodean como si fuera una reina en el agua. Sus superficies son pura dureza que seduce.
35.
La piedra también cuenta. Guarda la historia de medio milenio atrás. La piedra es la historia. Morteros de familias o alero del chamán. El paisaje es la casa que perdura.
36.
Amboy. Amancay. Hay nombres que me persiguen. Sus sonidos son la presencia de una lengua estival. Como los cuerpos en el verano, se desnudan bajo el sol pero buscan aquello que los refresque.
37.
El viento desfigura la parte visible del cielo. Extrañamente, los árboles permanecen quietos. Desde lo alto, las cotorras imponen su sonoridad hasta que se alejan. Quedan los sonidos más sutiles del atardecer. El privilegio de estar viva también es escuchar. La naturaleza casi nunca calla.
38.
El cuerpo humano tiene su propia memoria. Hecha de dolores, deseos y debilidades. El cuerpo de un árbol recuerda las tormentas y las sequías, la escasez y la abundancia. Todos los cuerpos tienen sus huellas. La escritura es el cuerpo que no olvida.
39.
La extrañeza es constante. Seduce y asusta. ¿Cuántas palabras podrían decir cielo y no hacerlo a la vez? ¿Cuántas palabras podrían decir vos y ocultarte? El mundo se entreteje solo a nuestras espaldas y no hay cómo decirlo.
40.
Mi casa tampoco puede ser dicha.
41.
Los enojos pueden marcar mapas imprevistos. Donde no pisar, no tocar, no mover. Pero de nada sirven. Una y otra vez caemos en el mismo suelo que nos traiciona.
42.
Una cueva, una guarida, un deseo. La eternidad nunca es el límite. Una rama partida nos muestra aquello con lo que lidiamos. Saber leerlo es el próximo mundo.
43.
Las luciérnagas arremeten contra la realidad. Casi infinitas. Son un recuerdo del cielo alrededor de los cuatro. Otro lenguaje que se nos escapa.
44.
Agua y piedra pueden ser la combinación perfecta. El alma del río está guardada allí, entre las dos. Donde el sonido de una sobre otra invade todo y se lleva las voces de quienes amamos.
* * *
De Agujeros en la superficie (Kintsugi, 2021)
Si fuéramos agujeros en la superficie,
lugares para entrar hacia el sonido
de la campana o de las alas de los insectos,
si guardáramos el borde de cada día,
esa canción que se repite
del otro lado de la ventana
y acerca a las niñas que creíamos ser,
tal vez no volveríamos a otro recuerdo
que no fuera lo que ardía antes
de la primera partida,
de la primera voz sin recovecos.
Ella dijo: “¿Cómo te despides de alguien
si no sabes por qué se fue?”.
La búsqueda sigue siendo ese arco
de nueva resurrección.
*
Siempre hay un trueno que arrebata
la línea de las preguntas en medio de la nave.
El refugio se vuelve ladera, malestar, casi un reto
frente a la noche y la saga de grillos,
luciérnagas, cascarudos, bichos sin nombre.
Una secuencia de tilos y álamos para servir
a la brisa que anuncia nuestra breve
espera de cantos sin voces,
de melodías en sostenido silencio.
El rayo de oscuridad no siempre ensombrece,
a veces deslumbra frente al catequismo de idiotas,
la comodidad de quienes saben los pasos
de cada baile, de cada recorrido sin lunas.
En la mitad del árbol crece un secreto,
también el corazón del cuerpo que estamos por leer.
*
Vamos a aprender las maneras de irnos,
los modos de saltar sin anticipos pero
que reiteran otros,
y tal vez los alumbran.
Un sonido remeda otro sonido en otro espacio-tiempo:
el canto de los anillos de Saturno
en medio de una noche que nunca vivimos.
Si fuéramos ángeles
abriríamos las compuertas
de lo que nadie ha visto. Sin embargo,
tenemos demasiados días aún
para caminar sobre la tierra.
*
Tal vez lo que quede simplemente sea el hueso,
el que hizo de sostén todo este tiempo,
antes y después de la caída,
de la aparición en medio de la tarde
–como una maravilla
de puro olor a jazmines–,
el hueso, en medio de un cielo
que no es cielo ni arte.
¿Porque cuántas vidas abarca una vida?
¿Cuánto amor puede guardar un cuerpo?
Pero el hueso sigue ahí,
en la espera, en la dicha,
en el borde de tanto,
como el ojo del tigre en la espesura
o un destello infinito
en el desierto.
* * *
De Un ciervo en tu memoria (inédito)
Una foto de las vigas para demostrar que puede sostenerse.
Y sin embargo, después de tanto tiempo,
no hay techo ni paredes. Solo un cielo
estrellado como una figurita repetida cada noche
que no nos pertenece.
Las corridas, los gases, los disparos
atraviesan décadas y cuerpos. Una colección
de historias que solo contamos a medias,
entre las calles y cada océano.
Hay un ciervo en tu memoria
y es su sombra la que seduce o asusta.
Las canciones de la infancia vuelven a sonar en medio de otro mundo.
Pero el mismo en su dolor
y en su estallido.
*
Nada dejaría de sonar mañana,
encaramada a la premura del invierno que termina.
Como una caricia al lomo de la gata se desprende
su actitud sobre los días.
La suavidad que se alarga por unos segundos y permanece
después del aire,
el privilegio de esa piel.
Luego será el perfume para aliviar el salto, o disfraces
de sabor abrillantado.
La fruta. Aunque dicen
que sólo es cáscara.
*
Finalmente reconocemos nuestro humo,
como lo hacemos con el polen que se muestra al sol
o las ideas que nos toman desde abajo.
Los efectos de la luz permiten no verlo y simular
que no somos lo mismo,
que una estrella se distingue de otra,
una célula de otra,
y que es verdad que llevamos un nombre.
Aunque más bien estemos aun
de los dos lados del ojo,
como un sueño que viene y va, que nos expande
el cuerpo, el ritmo, la voz,
sus dimensiones desconocidas.
* * *
De Territorio collage (inédito)
¿qué es un jardín? ¿un espacio para el deseo de ser dios o de crear belleza? ¿un territorio planificado pero que no puede escapar a imprevistos? plagas. exceso de calor, de frío, de agua. incendio. semilla que brota de manera inesperada. ¿depende de jardiner✿s? ¿hasta dónde es obra del hacer de aves, de polinizadores? incluso del viento. ¿qué lo cruza sin dejar registro, qué lo marca para siempre? ¿es una mancha en la piedra? ¿un enredo? ¿un espacio para caer o perderse? ¿la fuerza opuesta al vuelo? una salvación, tal vez. pequeño oasis urbano para la infancia o verbena en la noche.
*
escarbar para escuchar la voz
excavar la propia voz también
para encontrar lo que tiene por decir
y decir la voz que cava mi escucha
la del animal que grita en las primeras horas de la luz
su chillido áspero de mañana
que parece el mismo que en la tarde pero no
no suena igual no dice igual
en el día que recién comienza ni en mí
con el sueño en los ojos todavía
con los tímpanos agrandándolo todo
el mundo que empieza a resplandecer
y ahí su voz
ese grito que demanda ser el centro ahora
una advertencia
su kraaaaahhhhh raspando el aire el espacio mis oídos
mi cuerpo aún quieto en la madrugada antes de oír
y ahora partido al medio por su sonido de rapaz
que siembra duda sobre el mundo
alerta en la piel
el no saber si huir o si enfrentarla
o si estar sólo quieta acá
simulando la muerte
cuál opción para no convertirme en presa
excavar
en la historia de la supervivencia
para que ese grito
esa voz que me perfora
quede allí
un desafío desde el árbol lanzado al cielo casi celeste
y no se transforme
en vuelo
encantamiento
fuerza veloz que también golpea
después del sonido
y caza
*
¿Sentís la atracción de la tierra cuando estás cerca de ella,
esa pesadez que hace que quieras hundirte
como un ser diminuto en la hierba?
¿Oís el grito del chimango bordeando la tarde,
o el canto del hornero orgulloso de mostrar su presencia,
ambos indiferentes a lo que no sea su ritmo
en cada cercanía del anochecer?
¿Volviste a ver la danza de la cola de la yegua
mientras espera esa caricia o esa mano
que le permita llegar más allá del alambrado?
¿Esquivaste el rayo de sol lanzado a tu ojo que te negaba el ver,
como si ya no hiciera falta observar el horizonte
en un día que casi termina?

ENTREVISTA CON LA AUTORA

Gilgamesh: Valeria, tu poesía –«cadencias», «equilibristas»– se escribe, en mi lectura, desde el cuerpo, con el cuerpo, poniendo en juego la voz en un movimiento estético-ético. Vida y escritura sin escisiones y en tensión. ¿En qué momento sentiste, supiste, elegiste que la poesía sería este trabajo lúdico, pensante y me atrevería a decir militante?
Valeria Cervero: Siempre creo que la poesía me eligió a mí, desde muy chica; pero es verdad que hubo ciertos momentos de decisión de mi parte con las características que planteás. Primero de muy joven, cuando todavía estudiaba en la facultad, y coordinaba cierto espacio dedicado a la poesía dentro de una revista que hacíamos desde una agrupación en la que militaba. Después de terminar la carrera de Letras, a fines de los noventa y principios de este siglo, también fui parte de un espacio colectivo en el que compartíamos nuestras escrituras, y con el que organizamos algunas lecturas y afiches de poesía que pegábamos en escuelas, bibliotecas y distintos espacios públicos. Y finalmente ya cerca de los 40 años y con dos hijes, cuando inicié mi primer blog (mordiscos) y por primera vez me planteé publicar un libro propio. Desde entonces fue mucho más intenso en mi vida el trabajo por y para la poesía.
Gilgamesh: «La escritura viene y va», hasta hoy, desde «cadencias» (2011) hasta «Agujeros en la superficie» (2021). ¿Qué búsquedas fueron guiando cada uno de tus poemarios?
Valeria Cervero: «cadencias» es un libro que se estructuró a partir de un sueño: desperté habiendo soñado cinco palabras que supe iban a nombrar las partes del libro. A partir de ahí, surgieron los textos. Fue una escritura que estuvo muy vinculada con la superación de cierta etapa bastante oscura en mi vida y que a la vez resultó paralela a la escritura de «escondidas», un libro-álbum para infancias que creamos con la ilustradora Vivi Chaves y que se publicó en 2013. La búsqueda para este segundo libro estuvo orientada por lo lúdico: en la escritura en sí; en el título, que remite al juego y a ciertas “claves” de lectura de cada poema; y en el intercambio que hubo con Vivi durante todo el proceso. Por otro lado, tanto «cadencias» como «equilibristas» (2014) son libros más experimentales –desde lo formal y cierto trabajo con el lenguaje– que los posteriores y vinculados a textos previos que recién se publicaron en «madrecitas» (2017), que reúne poemas más visuales, en los que trabajé con distintas tipografías y un uso del espacio más cercano a la poesía concreta. A partir de «Sin órbitas» (2016) comienza una etapa más lírica y con un uso de la puntuación más tradicional, más “correcto”. Este libro, si bien está formado por poemas breves en su mayoría, en su última parte incluye algunos más extensos para lo que suele ser mi escritura. En el caso de «Seres pequeños» (2018), tal vez el libro que menos leí en público, hubo una escritura que acompañó el duelo por la muerte de mi mamá, así como otras pérdidas de esa época. El primer poema de «Sibilejo» (2018) se originó en una propuesta para un proyecto para infancias que finalmente no se concretó, pero luego el texto tomó su propio camino, y fue surgiendo el personaje de este libro, su mundo singular. En el caso de «Ctalamochita» (2020), fue la primera vez que abordé el poema en prosa. Como otros libros míos, presenta un anclaje en la observación –escribí su parte central durante unas vacaciones en Córdoba– y en la reflexión; pero con un ritmo diferente, asociado al fluir del río. «Agujeros en la superficie» (2021) tiene una primera parte basada en el recurso de incorporar en cada poema un verso de otrx poeta. Esas voces de otrxs luego van a ser incluidas de otras maneras en otros textos del libro, en donde el abordaje de la memoria y el cuerpo en la construcción de esa memoria es central. Eso tiene una continuidad en «Un ciervo en tu memoria», que salió a fines de 2025. Es un libro que escribí en su mayor parte durante la pandemia y, aunque sin tematizarlo, las marcas de ese tiempo también se dejan ver en sus poemas.
Gilgamesh: ¿Cómo nace un poema? ¿Cómo, un nuevo libro? ¿Hay rutinas de escritura, hay silencios, hiatos, hay rituales?
Valeria Cervero: Un poema nace cuando tiene que nacer. A partir de una palabra, algo que oigo, veo, leo. A veces, inmediatamente; otras, después de días, meses, años. No tengo rutinas ni rituales. Sí insisto en escuchar. Hay épocas en que escribo bastante, pero otras en que casi nada. Respeto los silencios y los hiatos necesarios. Estoy convencida de que no escribimos solo con las palabras en un papel o pantalla. La escritura comienza antes, y a veces lleva mucho tiempo en nuestro cuerpo y nuestra mente. Hubo veces en que tardé décadas en escribir ciertos poemas. En el caso de los libros, por lo general van surgiendo textos hasta que en determinado momento empiezo a vislumbrar el camino que lleva a un libro. En algunas ocasiones hay un plan, pero cuando la cosa ya está en marcha. Pero por lo general el libro se va armando mientras lo escribo. Después vienen las correcciones.
Gilgamesh: Antes y durante la escritura, ¿hay lecturas que acompañan, que abren a esos nuevos textos?
Valeria Cervero: Las lecturas siempre acompañan de múltiples formas. A veces pueden ser el origen de un texto, pero también pueden ir entretejiéndose. En la primera parte de «Agujeros en la superficie», por ejemplo, todos los poemas incorporan versos de otrxs poetas, como Teresa Arijón, Valeria Pariso, Carlos Barbarito... En el caso de un libro inédito que escribí durante la pandemia, las lecturas paralelas fueron muy importantes y decidí incorporar una lista de esos libros, que iban desde «El peregrino», de J. A. Baker, hasta «Zoncoipacha: Desde el corazón del territorio», de Mariela Tulián. Constantemente estamos dialogando con otrxs autorxs, incluso cuando no nos damos cuenta.
Gilgamesh: ¿Qué lecturas, qué escrituras, qué mediadores te abrieron el y al mundo de la literatura?
Valeria Cervero: Lxs primerxs mediadorxs fueron mi mamá y mi papá. Gracias a ellxs descubrí la poesía de Antonio Machado por el disco de Serrat, que pedía escuchar una y otra vez siendo muy chica. También otras escrituras que me apasionaban en la infancia: los cuentos de Laura Devetach y de Elsa Bornemann, cuyos libros habían sido prohibidos durante la dictadura, pero que mi mamá, que era maestra, nunca dejó de leer en las aulas y en casa. O la poesía de Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández, que me llegaba a través de mi papá. Otros autores que amaba de chica y me abrían mundos: Julio Verne y luego Ray Bradbury. Después hubo muchas otras lecturas, pero cuando pienso en los momentos de estar leyendo escondida en cualquier lado, recuerdo esas.
Por otro lado, en sexto y séptimo grado tuve una maestra, Zulma Prina, que influyó mucho en que le diera otro lugar a la escritura y que ya empezara a pensar en ese momento en estudiar Letras. Luego hubo algunos talleres, como el que daba en mi escuela secundaria Liliana Corredera, que era profe, y el que hice con Hebe Solves cuando recién comenzaba la facultad. Gracias a Hebe, que era poeta, leí por primera vez a Irene Gruss y a María del Carmen Colombo, por ejemplo.
Gilgamesh: ¿Qué aportó, qué obliteró la carrera de Letras con respecto a tu recorrido como escritora, como gestora de proyectos poéticos?
Valeria Cervero: Creo que, sobre todo, me aportó como lectora. Todo lo que esa carrera podía brindar en la época en que la hice –durante los noventa–, y, específicamente, el conocimiento de poetas que me marcaron y que leí por primera vez mientras la cursaba, como Susana Thenon o los concretistas. Pero en general no fue una carrera que tuviera demasiado en cuenta la poesía. Tampoco la escritura, ni siquiera la de crítica, que se suponía que era a lo que apuntaba. Podría decir que también posibilitó vínculos, como el grupo que mencioné en la primera respuesta, del que participaban Jimena Néspolo, Matías Néspolo, Walter Romero, Marisa do Brito Barrote, Laura Limberti, Diego Lozano y Sergio Pesce. Pero eso fue ya terminando la carrera y en un breve tiempo posterior. La mayor parte de mis experiencias y proyectos pasaron por otros espacios y momentos diferentes a la época en Puan.
Gilgamesh: ¿Cómo fuiste involucrándote en tu blog –De lo que no aparece en las encuestas֪–, en revistas digitales –op. cit.–, en movidas como Poetas por el Derecho al Aborto Legal?
Valeria Cervero: El blog «De lo que no aparece en las encuestas» surgió por sugerencias de un par de amigos como forma de recopilar una serie de cien posteos que había hecho en Facebook con poemas de libros publicados en la Argentina durante 2012. Fue una manera de compartir lecturas en el verano de 2013, durante una época en que esa red social posibilitaba intercambios que podían ser interesantes. Al año siguiente retomé la propuesta y luego la sostuve durante varios años más, como una forma de difundir la diversidad de escrituras poéticas editadas en todo el país.
Paralelamente a la realización del blog, en 2013 comencé a integrar, junto a José Villa y Juan Desiderio, el grupo que llevó adelante el sitio Poesía Argentina, que fue una explosión de ideas y trabajo que se concentraron en menos de dos años. Ahí me sumé por la generosidad de José, que me invitó a participar casi sin conocerme y a partir de una serie de intercambios que tuvimos a partir de la aparición de la revista de ese proyecto. Debido a la discontinuidad que se dio por razones que nos excedieron, luego me sumé a la que de alguna forma lo continuó desde 2015: la revista digital de poesía op. cit., que dirige José Villa y donde fui participando de distintas maneras: pensando proyectos, coordinando dossiers, sumando colaboradorxs, preparando antologías y materiales para infancias, o con selecciones de libros y distinto tipo de notas, también organizando lecturas.
La participación en Poetas por el Derecho al Aborto Legal surgió en 2018, a partir de la convocatoria que lanzaron María Alicia Gutiérrez y Juana Roggero para leer poemas en lo que se conoció como Martes Verde, que eran las jornadas en la calle que acompañaron el debate sobre la Ley IVE en el Congreso. Esa experiencia dio origen luego a la recopilación de aquellas lecturas en el libro Martes Verde y a un montón de actividades de Poetas como colectiva: en marchas, eventos, ferias, redes sociales. Desde 2019 participé también de lo que fue la colectiva Sangría, contra la violencia machista en el ámbito de la palabra, una experiencia valiosa, pero que se hizo difícil sostener después de varios años, entre otras razones por las complicidades con los abusadores en el medio.
Gilgamesh: Un punto importante en tu trayectoria es la implicación con la literatura para las infancias. ¿Nos contarías cómo empezó y cómo sigue esta historia? En tiempos de redes, de múltiples formatos, ¿qué lugar ocupa el libro, la oralidad, la insistencia en la lectura, en la educación para lecturas críticas, autónomas?
Valeria Cervero: Cuando tenía 17 años, con un grupo de amigas y amigos formamos un grupo desde el que realizábamos actividades de recreación y arte con niñas y niños de lo que se conocía como el Albergue Warnes. Articulábamos con maestras que daban apoyo escolar, gente que militaba en el peronismo y otro grupo de una parroquia. Entre los talleres que dábamos, había un espacio para la literatura, generalmente vinculado a otras artes también. Fue una experiencia intensa que duró dos años; pero, por distintas razones, se nos hizo difícil continuarla después de que derribaran el Warnes y las familias se mudaran al barrio Ramón Carrillo. Un poco después me invitaron a participar en un centro cultural por Floresta, y ahí di por primera vez, sola, un taller literario para infancias de entre 7 y 11 años. Ese taller se extendió hasta que el centro cultural cerró por dificultades económicas, durante el menemismo. Las siguientes experiencias fueron ya siendo mamá, tanto en lo que hace a mi escritura, con libros como «escondidas» o «Sibilejo» –hay otros inéditos–, como en experiencias de talleres en escuelas, mi participación en el Festival de Poesía en la Escuela, la compilación de dos antologías de poesía para infancias que realizamos con el proyecto Poesía Argentina y luego «Ediciones Op. cit.», y finalmente el ciclo de poesía para las infancias «Poeplas». Esta última experiencia la llevamos adelante con varias poetas amigas desde 2019 y, posteriormente, junto a la editorial «mágicas naranjas», hasta 2024. Fue un ciclo de poesía y otras artes, al que se sumaron talleres, que llevamos a bibliotecas de la ciudad, al Conti, al CCK, a centros culturales barriales y a escuelas públicas. Si bien el año pasado nos tomamos un descanso, espero que podamos retomarlo.
La insistencia en la lectura y la escucha de poesía me sigue pareciendo fundamental aun en estos tiempos, ya que posibilita otra forma de ver, escuchar y habitar el mundo, otro tipo de vínculo con el lenguaje y con lxs otrxs, en donde lo que importa no se mide en términos de utilidad ni de cantidad de “likes”.
Gilgamesh: ¿Cómo es tu relación con talleres, certámenes literarios, ciclos de lectura, convocatorias?
Valeria Cervero: Para ser sincera, en los últimos tiempos hice más talleres sobre aves o plantas, entre otros, que de poesía o literatura. Pero tiene que ver con esta etapa en mi vida. Con respecto a las convocatorias y concursos, a veces participo de algunos, pero me cuesta prestarles atención, o bien me quedo afuera por ciertos requisitos de edad, extensión, etc. Tampoco me convence la lógica de los concursos, aunque es cierto que pueden ayudar con la posibilidad de editar o de hacer más visible una obra. De todos modos, no ha sido mi caso en general. En lo que hace a los ciclos de lectura, voy a algunos a escuchar cuando puedo y algo me interesa, aunque la oferta excede por mucho a mis posibilidades de asistir. Creo que hay una diversidad de propuestas que es positiva y valoro lo que vienen haciendo ciertos ciclos en particular, como Literatura Viva, Poesía de Verano, La Lengua del Poema, Geologías… Algunas veces por año me invitan a leer, y suelen ser experiencias enriquecedoras que agradezco.
Por otro lado, junto a Ayelén Rives venimos organizando el ciclo de poesía y música Salvaje Fruta desde 2024. Es un ciclo centrado en libros más que en autorxs, con un eje conductor de cada encuentro, un momento de diálogo con lxs poetas sobre los textos y un vínculo constante con la situación político-social. Y desde 2019 para acá, también fui parte de quienes llevaron a adelante otros ciclos, como «Poeplas, poesía para las infancias», y «Que no calle el silencio», vinculado a la colectiva «Sangría».
Gilgamesh: ¿Te sentís parte de alguna generación poética? ¿Qué opinión te merece la poesía que circula en las redes, la que se viene editando, reeditando?
Valeria Cervero: No me siento parte de ninguna generación; incluso me parece cuestionable como categoría. Pero sí me considero parte de una época en la que internet favoreció la circulación y mayor conocimiento de la diversidad de poéticas. Con respecto a lo que se edita o lo que circula en redes, creo que hay de todo, escrituras que me interesan y otras que no. Puede ser que las dificultades económicas de los últimos tiempos restrinjan las propuestas editoriales; pero creo que sigue dándose una diversidad que valoro en las lecturas de los ciclos, por ejemplo, al menos en Buenos Aires.
Gilgamesh: ¿Cómo vivís, atravesás el (des)trato de lo literario en particular, de la cultura en este nuevo tiempo político-social? ¿Qué rol les cabe a los poetas, a la poesía en estos difíciles momentos?
Valeria Cervero: Se sienten las dificultades en cuestiones concretas, desde la pérdida de espacios culturales importantes como el Conti, pasando por lo duro que les resulta a los circuitos barriales sostenerse y las restricciones que eso genera, hasta las limitaciones para publicar. Sin embargo, sigue habiendo una cantidad muy importante de propuestas que funcionan también como espacios de encuentro. Y en mi caso, trato de aportar mi granito de arena a todo eso. A lxs poetas les sigue quedando el rol de siempre, supongo: sumar su “oreja verde” a este mundo.
Gilgamesh: ¿En qué nuevos proyectos te estás involucrando? ¿Hay nuevo libro en gestación?
Valeria Cervero: Si bien estoy escribiendo, todavía no tengo en claro si eso terminará siendo un libro. Posiblemente sí, pero no soy ansiosa en eso ni apuro los tiempos. También tengo varios libros inéditos que hace rato que esperan una oportunidad de edición, aunque por ahora espero respuestas. El año pasado tuve una experiencia muy buena con la editorial Llantén, que publicó «Un ciervo en tu memoria». No sé si tendré la suerte de que suceda algo parecido con estos otros textos.
En lo que hace a los proyectos, para este año estamos organizando un evento en conjunto entre «Salvaje Fruta» y el ciclo «La Lengua del Poema» para junio, una fecha que creemos será muy bien recibida. También es posible que armemos algunas lecturas desde op. cit., retomando la que hicimos a fines de 2025 por los diez años de la revista. También espero poder articular algún evento con la Biblioteca Popular Ipacaá, de Punta Indio.
Gilgamesh: Nuestra última pregunta es una que, con ligeras variantes, repetimos de entrevista en entrevista. En «La muerte de la tragedia», George Steiner afirma (palabra más, palabra menos) que la poesía se ha vuelto un asunto privado esencialmente lírico y que, por lo tanto, se ha divorciado de la memoria histórica de los pueblos. Puesto en otros términos, la poesía es escrita y leída por poetas y quizá, también leída por alguna de sus amistades... Hace largo tiempo que el llamado «gran público» ha quedado fuera de este juego. Alejandra Boero llama a esto el «lazo perdido». ¿Qué sería necesario, en tu opinión, para reparar en alguna medida esa pérdida?
Valeria Cervero: Tengo una percepción algo diferente sobre esta cuestión. Para empezar, me parece que la poesía es mucho más que lo que escriben y leen lxs poetas, y que tiene una presencia en la vida que supera lo que solemos registrar. Tal vez se da algo parecido a lo que nos sucede a quienes vivimos en la ciudad y creemos que la naturaleza es algo exterior, adonde hay que ir, cuando en realidad la ciudad no deja de ser la naturaleza, aunque esté modificada. Y nos percatamos de eso cuando vemos lo que sucede en cualquier “baldío”, en donde las plantas crecen sin que nadie las cuide y podemos encontrar aves, insectos, guecos… la vida sucediendo. La poesía también sucede más allá de cualquier “cuidado”. A veces el problema está en nuestra desconexión o dificultad para escuchar. Sin embargo, hay una insistencia que pasa por otros lados y no solo por lxs poetas leyéndose entre sí, desde los juegos de palabras con las infancias hasta el pibe que canta en el subte para poder comer, y cuyas letras son realmente para escuchar, así como un termómetro del momento político.
Por otro lado, creo que en este país se hacen bastantes cosas para acompañar la escritura y lectura de poesía, a pesar de la falta de políticas y recursos dedicados a la cultura. Pienso, por ejemplo, en los quince años del «Festival de Poesía en la Escuela» desarrollándose en distintas regiones del país, pero también en muchas otras experiencias que se llevan adelante en aulas, bibliotecas populares, bibliotecas al paso, bibliolanchas, centros de salud, espacios culturales, talleres, ciclos, lecturas. Para dar un ejemplo reciente, este verano pude participar del «II Festival de Poesía en Punta Indio», que en un pueblo chiquito a orillas del río de la Plata reunió a alrededor de sesenta personas adultas y niñas a escuchar poesía bajo las estrellas, en medio del bosque que rodea a la «Biblioteca Popular Ipacaá». Un festival maravilloso llevado adelante por vecinxs del lugar de manera totalmente autogestiva. Pienso también en otros ejemplos concretos: como los talleres de poesía en cárceles que da Vanina Santoro como miembro del CUSAM (Centro Universitario San Martín); o el que coordina Daniela Camozzi como integrante de «No Tan Distintes», con mujeres y diversidades en situación de calle; o los poemas que la narradora Diana Tarnofky lleva a pacientes de distintas edades en centros de salud; o los encuentros en diferentes espacios culturales generados por el proyecto de «Perfopoética», un juego de cartas creado por Lía Chara y Gabriela Baby que reúne poemas con consignas performáticas orientadas a poetizar los cuerpos. Sé que este tipo de experiencias se dan en muchos otros lados, y la mayoría de las veces sin ayuda económica. Por eso, si bien nos emocionó escuchar al poeta Hugo Rivella leyendo en el escenario de Cosquín –y no pude dejar de recordar otras situaciones de escenarios frente a la masividad, como la de «Poetas por el Derecho al Aborto Legal» durante las jornadas de debate y votación en el Congreso de la Ley IVE–, a veces creo que el hacer de la poesía es más parecido al de las hormigas. Nunca sabemos bien cuál es el tamaño del hormiguero bajo tierra.
Para terminar, no puedo dejar de mencionar el hacer de lxs poetas de Gaza que siguen escribiendo desde los escombros durante un genocidio, mostrando una vez más la posibilidad de decir de la poesía y también su vínculo con la memoria.

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Valeria Cervero nació en 1972 en Buenos Aires, ciudad donde vive. Cursó la carrera de Letras en la UBA. Trabaja como correctora y editora. Participó de diferentes proyectos colectivos de poesía. Compiló Poeplas, antología de poesía para infancias en dos volúmenes, editados en formato epub. Entre 2013 y 2021 llevó adelante el blog De lo que no aparece en las encuestas (https://deloquenoapareceenlasencuestas2.blogspot.com/), dedicado a la poesía publicada en el país. Desde 2015 es parte del staff de la revista digital op.cit. (www.opcitpoesia.com). En 2018 se sumó a Poetas por el Derecho al Aborto Legal y colaboró en la edición de su antología Martes Verde. Integra Poeplas, proyecto de poesía para infancias que actualmente realiza talleres y eventos junto a la editorial mágicas naranjas. También coorganiza Salvaje fruta, recital de poesía y música en el tejido de lo vivo.
Publicó los libros de poemas cadencias (2011), escondidas (libro-álbum junto a la ilustradora Vivi Chaves, Ediciones del Eclipse, 2013), equilibristas (Colectivo Semilla, 2014), Sin órbitas (El ojo del mármol, 2016); madrecitas (Barnacle, 2017); Seres pequeños (HD, 2018); Sibilejo (ilustrado por Juan Lima, Maravilla, 2018); Ctalamochita (Barnacle, 2020), Agujeros en la superficie (Kintsugi, 2021) y Un ciervo en tu memoria (Llantén, 2025). En 2023 Ediciones Outsider realizó una segunda edición digital de Sin órbitas.

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